La noche del domingo pasado tuve un malviaje. Pensé que me iba a morir. Hace un par de semanas murió la mamá de un amigo querido en un accidente de carretera y eso ha de haber influido en que no pudiera sacar de mi cabeza la idea de que la siguiente vez que manejara en carretera, para lo que faltaban sólo unas horas, tendría un accidente del que no saldría viva.
Primero me extrañó la insistencia del pensamiento, después me asustó mi tranquilidad y al final me imaginé y concluí que esto era exactamente lo que debía pasarle a la gente que presentía su muerte. Y entonces, por un largo par de horas, no encontré motivos para dudar que todo apuntaba a mi irremediable fin: desde las emociones a flor de piel exaltadas por una noche negra —negrísima— y serena que sirvió de escenario para el quisquilloso repaso de mis historias y sus personajes, hasta los mensajes del fuego en la chimenea de una casa ajena y las reservas de una cama que desconoció a mi sueño.
Hoy, mientras más lo pienso, más me convenzo que esa noche (o a la mañana siguiente, pues) pude haber muerto. Porque me sentía en paz. Envuelta en una paz rarísima que nunca antes había sentido.
Y de pronto, entre decenas de clarísimas señales de que era mi última noche viva porque estaba libre de deudas con el mundo, entendí que esa liberación sólo espera, por el momento, que atienda mi deuda conmigo.
Por eso, amable (y necio y apreciado) lector, decidí no morirme en la carretera. Porque pues... ¿mejor me pago, no? Porque ya qué pena que me encuentro conmigo todas las mañanas —todísimas— y ya con qué cara me digo que no tengo...
Si lo único que no tengo ya son pretextos.
Afortunada —afortunadísima— mente.
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Tuesday, December 23, 2008
Friday, October 03, 2008
Confía, no confía, mucho, poquito, nada.
A propósito de sueños, hay dos en la vida que me han impactado muchísimo. Uno fue cuando acababa de entrar a la universidad, lo recuerdo claramente hasta la fecha y no se los voy a contar hoy. Ja.
El segundo fue la semana pasada, en Cuba, la noche que esperaba soñar con mi abuela y mi familia perdida.
En mi sueño estaba casada aún con El Artista. Felizmente, como siempre lo estuvimos hasta el día que decidimos divorciarnos. (El hecho de que ya casi nadie lea este blog me da la tranquilidad de que es poco probable que aparezca entre los comments la pregunta obligada de ¿por qué te divorciaste si estabas felizmente casada?) El caso es que veíamos la tele apaciblemente (parecía dominguito huevero), cuando yo recordé que tenía que ir a matar al gato. Entonces me levanté argumentando cualquier cosa y bajé en busca del animalejo. Primero agarré valor. Luego, que lo agarro de la cola y que agarro y que le empiezo a dar vueltas como pañuelo en concierto de Juanga, hasta que de tanto y tan fuerte movimiento centrífugo se le rompió la cola. Yo me quedé con un cacho de rabo en la mano y él se quedó con una pared pegada a su cuerpo guango. Después cayó al suelo, muerto, con la boca abierta dejando ver sus finos colmillos y escurriendo sangre.
Sí se ensució todo un poco, la verdad. Pero ya tendría que limpiar después, ahora era necesario subir al mullido nidito de descanso, o El Artista sospecharía. Subí. Terminamos de ver Microcosmos en Animal Planet y, en lo que me disponía a levantarme de la cama para estirarme un poco, mi marido ya estaba abajo y gritaba:
— Chaparraaaaaaa...
Chale, no limpié, se me olvidó y ya vio ahora al gato muerto y todo mi desmadrito, pensé medio agobiada.
— Baja, mira lo que pasó. Se murió el gato —dijo sin asomo de enojo.
Yo bajé y dije "¡Órale!" con un mal logrado tono de sorpresa, al tiempo que abría los ojos bien grandes. Todo estaba peor que como lo había dejado: ahora el cadáver yacía sobre un charco de sangre y sus salpicones rojos en las paredes, ya escurridos, se veían más escandalosos. Pero a él parecía no impresionarle, mucho menos darle motivos para pensar que la del gato no había sido una muerte natural.
Yo actué de lo más impasible. Decidí no levantar suspicacias en esta ocasión excepcional en la que El Artista no parecía dudar de mí. Tal vez fue para atesorarla. Tal vez para probar que sí era posible que él confiara en mí aunque —también por excepción— fuera un error.
El segundo fue la semana pasada, en Cuba, la noche que esperaba soñar con mi abuela y mi familia perdida.
En mi sueño estaba casada aún con El Artista. Felizmente, como siempre lo estuvimos hasta el día que decidimos divorciarnos. (El hecho de que ya casi nadie lea este blog me da la tranquilidad de que es poco probable que aparezca entre los comments la pregunta obligada de ¿por qué te divorciaste si estabas felizmente casada?) El caso es que veíamos la tele apaciblemente (parecía dominguito huevero), cuando yo recordé que tenía que ir a matar al gato. Entonces me levanté argumentando cualquier cosa y bajé en busca del animalejo. Primero agarré valor. Luego, que lo agarro de la cola y que agarro y que le empiezo a dar vueltas como pañuelo en concierto de Juanga, hasta que de tanto y tan fuerte movimiento centrífugo se le rompió la cola. Yo me quedé con un cacho de rabo en la mano y él se quedó con una pared pegada a su cuerpo guango. Después cayó al suelo, muerto, con la boca abierta dejando ver sus finos colmillos y escurriendo sangre.
Sí se ensució todo un poco, la verdad. Pero ya tendría que limpiar después, ahora era necesario subir al mullido nidito de descanso, o El Artista sospecharía. Subí. Terminamos de ver Microcosmos en Animal Planet y, en lo que me disponía a levantarme de la cama para estirarme un poco, mi marido ya estaba abajo y gritaba:
— Chaparraaaaaaa...
Chale, no limpié, se me olvidó y ya vio ahora al gato muerto y todo mi desmadrito, pensé medio agobiada.
— Baja, mira lo que pasó. Se murió el gato —dijo sin asomo de enojo.
Yo bajé y dije "¡Órale!" con un mal logrado tono de sorpresa, al tiempo que abría los ojos bien grandes. Todo estaba peor que como lo había dejado: ahora el cadáver yacía sobre un charco de sangre y sus salpicones rojos en las paredes, ya escurridos, se veían más escandalosos. Pero a él parecía no impresionarle, mucho menos darle motivos para pensar que la del gato no había sido una muerte natural.
Yo actué de lo más impasible. Decidí no levantar suspicacias en esta ocasión excepcional en la que El Artista no parecía dudar de mí. Tal vez fue para atesorarla. Tal vez para probar que sí era posible que él confiara en mí aunque —también por excepción— fuera un error.
Monday, September 29, 2008
Sueño de sangre cubana
Waldo nos lleva en su auto a la galería donde está la exposición de Duvier del Dago en Centro Habana. Su carrito ruso tiene 25 años, un Lasa pintado de verde ¿o azul? aguamarina. Se cae en cachitos cual bimbuñuelo y no tiene manijas para subir las ventanillas. Bueno, tiene una, que tomamos a turnos René, Natalia y yo para que no entre la lluvia mientras vamos por el malecón. Dice que hace poco lo compró, no con dinero —por supuesto— sino a cambio de una vajilla de plata que había pertenecido a su familia (una muy importante y respetada en Cuba) por décadas.
Cuando se lo contó a la nieta de Natalia (que es su prima y que ahora reside en México), la pequeñita sin muchas referencias de un país comunista simplemente no lo podía creer: fue a corroborar la información con por lo menos 10 allegados a la casa, antes de preguntarle indignada a Waldo cómo se le había ocurrido cambiar las “joyas de la familia” por semejante mierda.
Natalia toma con sabia gracia esa característica de los chicos de hoy, medio malcriados medio inconscientes. Ellos no saben lo que es un país comunista y no entienden la vida en él, dice. Sonríe resignada y empieza a recordar cómo fue su infancia en Cuba, sus veraneos en las fincas. Dónde, pregunto. En toda la isla, había en Camagüey, en Villa Clara, en Las Tunas, por todos lados, repone. En el 61, en los primeros años de la Revolución, sus padres partieron a México con ella y sus hermanos; se dedicó al periodismo y no se preguntó mucho más. Cae en su memoria la crisis de identidad y raíces que le vino 20 años después, cuando ellos murieron en un accidente y ella decidió recuperar su país, su familia, su pasado. Entonces regresó a la isla y la encarcelaron. 4 horas más tarde, ante la estirpe de su apellido, los oficiales no tuvieron de otra que dejarla libre. A su vuelta a México escribió y publicó un artículo sobre ese viaje. Le costó 6 años de castigo: el gobierno cubano le prohibió la entrada. Se disculpó, prometió no volver a escribir del tema, explicó que estaba reencontrándose y reconociendo. Cerca del 90, el régimen la perdonó y pudo volver de visita. Dejó el periodismo y se avocó a la promoción del arte cubano en el mundo.
Waldo nació después de la Revolución, ha vivido toda su vida bajo el régimen de Fidel Castro. Sin embargo, sí ha salido de Cuba: dos veces fue a México y una a Londres. Mientras hacemos un recorrido por galerías y estudios de artistas cubanos me habla de la obra de ellos: que Santiago Rodríguez es el único que pinta la santería desde una perspectiva filosófica y nunca folclórica, que la obra de Balkia está inspirada en la religión secreta de los Abakuás que no admite mujeres (por indiscretas y por las debilidades que propicia su sexo), que ya es bien difícil conseguir obra suya, que se suicidó hace pocos años, que apenas rebasaba los treinta. Y de ahí se sigue hablando de la soledad y de lo que inspira y marca el arte que se produce en Cuba, me dice: mira, te voy a dibujar la razón del arte que se hace aquí. Toma mi cuaderno, mi pluma y empieza un trazo que termina siendo la isla con su mar. Todo es agua alrededor, recalca. Creo entender: están tan ajenos a todo lo que pasa afuera que lo que hacen aquí no puede sino venir de dentro, de las tripas.
Me habla del miedo que tienen los cubanos al agua, al mar, dice que nunca van... que si te ahogas, que si te escapas. Por eso sólo van a la playa en julio y agosto, nunca se meten más de doscientos metros y no vuelven hasta el siguiente año.
Me cuenta que cuando era niño y su país contaba con el apoyo de la Unión Soviética, soñaba con ser astronauta y viajar a la Luna. No a Europa, ni a Asia, mucho menos a los cercanos e inmundos Estados Unidos. A la Luna. Lo dice y sé que piensa que es una ironía del tamaño de su isla.
Así somos los cubanos, ríe, si nos creímos esa, nos creemos todo. Nos gustan los ideales, las utopías, por eso yo me podría enamorar de ti en dos minutos, sólo porque quiero creer que eres lo mejor. Le digo que me esperaba cierta tristeza entre sus paisanos y que aunque puedo ver el desencanto, la tristeza nomás no aparece. Bueno, es que no nos podemos detener en el llanto, alega mientras por la avenida vemos el segundo camión cargado de refrigeradores que tienen 50 años funcionando a punta de remiendos. El gobierno ha decidido cambiárselos por unos chinos, que gastan menos energía. Así que puede entrar a sus casas y quitárselos.
Entre los enormes Fords de los 50 y 60 que circulan a nuestro alrededor me pregunta, ¿hueles? son motores diferentes, han arreglado estos autos a lo largo de los años, les ponen motores de tractor y usan un combustible distinto… cuesta menos, pero funciona, jah. Por eso es rara la mezcla de olores que despiden los motores en estas calles. Me quedo callada, oliendo, pensando, y él anticipa: mañana verás la obra de Sandra Romero y vas a entender por qué te digo que somos un país de sueños. Recuerda el mismo discurso, repetido una y otra vez a lo largo de su infancia: "el imperialismo se va muriendo, ya se va a acabar —prometía Fidel todos los días—, y un día vamos a progresar". Cuarenta años han pasado y Waldo aún espera ese día.
Mientras escribo desde una habitación inmoralmente lujosa en el hotel Saratoga de La Habana, pienso en mi abuela que era de Camagüey y en la familia que dejamos perdida en esta isla, en la sangre cubana que se me ha revuelto estos días, en la fuerza de espíritu de este pueblo que en medio de agua salada y desconcierto es capaz de encontrar el valor de la vida sencilla que en mi mundo se ha perdido, una vida que, carente y todo, apenas deja pequeñas rendijas para la entrada del desánimo. Y pienso también en mis sueños, desdibujados o redibujados por lo que dice “el mundo” que debo de soñar.
Cuando se lo contó a la nieta de Natalia (que es su prima y que ahora reside en México), la pequeñita sin muchas referencias de un país comunista simplemente no lo podía creer: fue a corroborar la información con por lo menos 10 allegados a la casa, antes de preguntarle indignada a Waldo cómo se le había ocurrido cambiar las “joyas de la familia” por semejante mierda.
Natalia toma con sabia gracia esa característica de los chicos de hoy, medio malcriados medio inconscientes. Ellos no saben lo que es un país comunista y no entienden la vida en él, dice. Sonríe resignada y empieza a recordar cómo fue su infancia en Cuba, sus veraneos en las fincas. Dónde, pregunto. En toda la isla, había en Camagüey, en Villa Clara, en Las Tunas, por todos lados, repone. En el 61, en los primeros años de la Revolución, sus padres partieron a México con ella y sus hermanos; se dedicó al periodismo y no se preguntó mucho más. Cae en su memoria la crisis de identidad y raíces que le vino 20 años después, cuando ellos murieron en un accidente y ella decidió recuperar su país, su familia, su pasado. Entonces regresó a la isla y la encarcelaron. 4 horas más tarde, ante la estirpe de su apellido, los oficiales no tuvieron de otra que dejarla libre. A su vuelta a México escribió y publicó un artículo sobre ese viaje. Le costó 6 años de castigo: el gobierno cubano le prohibió la entrada. Se disculpó, prometió no volver a escribir del tema, explicó que estaba reencontrándose y reconociendo. Cerca del 90, el régimen la perdonó y pudo volver de visita. Dejó el periodismo y se avocó a la promoción del arte cubano en el mundo.
Waldo nació después de la Revolución, ha vivido toda su vida bajo el régimen de Fidel Castro. Sin embargo, sí ha salido de Cuba: dos veces fue a México y una a Londres. Mientras hacemos un recorrido por galerías y estudios de artistas cubanos me habla de la obra de ellos: que Santiago Rodríguez es el único que pinta la santería desde una perspectiva filosófica y nunca folclórica, que la obra de Balkia está inspirada en la religión secreta de los Abakuás que no admite mujeres (por indiscretas y por las debilidades que propicia su sexo), que ya es bien difícil conseguir obra suya, que se suicidó hace pocos años, que apenas rebasaba los treinta. Y de ahí se sigue hablando de la soledad y de lo que inspira y marca el arte que se produce en Cuba, me dice: mira, te voy a dibujar la razón del arte que se hace aquí. Toma mi cuaderno, mi pluma y empieza un trazo que termina siendo la isla con su mar. Todo es agua alrededor, recalca. Creo entender: están tan ajenos a todo lo que pasa afuera que lo que hacen aquí no puede sino venir de dentro, de las tripas.
Me habla del miedo que tienen los cubanos al agua, al mar, dice que nunca van... que si te ahogas, que si te escapas. Por eso sólo van a la playa en julio y agosto, nunca se meten más de doscientos metros y no vuelven hasta el siguiente año.
Me cuenta que cuando era niño y su país contaba con el apoyo de la Unión Soviética, soñaba con ser astronauta y viajar a la Luna. No a Europa, ni a Asia, mucho menos a los cercanos e inmundos Estados Unidos. A la Luna. Lo dice y sé que piensa que es una ironía del tamaño de su isla.
Así somos los cubanos, ríe, si nos creímos esa, nos creemos todo. Nos gustan los ideales, las utopías, por eso yo me podría enamorar de ti en dos minutos, sólo porque quiero creer que eres lo mejor. Le digo que me esperaba cierta tristeza entre sus paisanos y que aunque puedo ver el desencanto, la tristeza nomás no aparece. Bueno, es que no nos podemos detener en el llanto, alega mientras por la avenida vemos el segundo camión cargado de refrigeradores que tienen 50 años funcionando a punta de remiendos. El gobierno ha decidido cambiárselos por unos chinos, que gastan menos energía. Así que puede entrar a sus casas y quitárselos.
Entre los enormes Fords de los 50 y 60 que circulan a nuestro alrededor me pregunta, ¿hueles? son motores diferentes, han arreglado estos autos a lo largo de los años, les ponen motores de tractor y usan un combustible distinto… cuesta menos, pero funciona, jah. Por eso es rara la mezcla de olores que despiden los motores en estas calles. Me quedo callada, oliendo, pensando, y él anticipa: mañana verás la obra de Sandra Romero y vas a entender por qué te digo que somos un país de sueños. Recuerda el mismo discurso, repetido una y otra vez a lo largo de su infancia: "el imperialismo se va muriendo, ya se va a acabar —prometía Fidel todos los días—, y un día vamos a progresar". Cuarenta años han pasado y Waldo aún espera ese día.
Mientras escribo desde una habitación inmoralmente lujosa en el hotel Saratoga de La Habana, pienso en mi abuela que era de Camagüey y en la familia que dejamos perdida en esta isla, en la sangre cubana que se me ha revuelto estos días, en la fuerza de espíritu de este pueblo que en medio de agua salada y desconcierto es capaz de encontrar el valor de la vida sencilla que en mi mundo se ha perdido, una vida que, carente y todo, apenas deja pequeñas rendijas para la entrada del desánimo. Y pienso también en mis sueños, desdibujados o redibujados por lo que dice “el mundo” que debo de soñar.
Monday, June 02, 2008
Ganar vidas
Este barrio, según me cuenta mi queridísima amiga, la Doctora Ilustre, es un híbrido de inmigrantes chinos, bolivianos, y rincones de la España profunda.
En el bar de enfrente, por ejemplo, todas las tardes de entre semana está lleno de viejos que juegan al dominó entre canas, chatos, cañas, y cada vez menos humo de cigarro. Como es de unos bolivianos, los fines de semana sólo van compatriotas y se escucha música andina.
En el tercero de nuestro edificio vive sola, encerrada, una viejita que lleva sin salir de casa algo así como 5 años, y unos 2 en cama. Y luego aparentemente -también me cuentan- ni siquiera es que esté tan mala, ni tan mayor. La cosa es que la señora que atiende la miscelánea de enfrente, le lleva a diario comida. Hoy que me la señaló mi amiga, mira, la señora a tu izquierda es la que le sube de comer todos los días a la del tercero, pensé que seguro la pobre del encierro está mejor conservada, aunque también es casi seguro que sonría menos.
En el último hay un viejillo solo que se dedica a beber, namás. Ya he sido informada de que alguna de estas mañanas lo encontraré tirado en el portal, y que la consigna es, si respira, no molestarlo.
A los 'frikis' que pasan por la calle, por interesantes que parezcan, no hay que mirarlos de más. Sólo a uno, al del barrio que ya es conocido, el de la bolsa del Corte Inglés llena de lo que sea (como si son dedos de quién sabe quién), a ese hasta se le puede saludar. O no.
Pero la mejor de las historias es la de los chinos que trabajan ganando vidas en el café internet de enfrente. El letrero del local está en chino -chinísimo- y sólo hasta abajo, en letras chiquitititas -como las de los contratos trácalas-, dice Internet. Y sólo entran chinos, adolescentes en su mayoría. Y la puerta de entrada permanece cerrada. Y cada que sale uno, tras unas once horas de estar allí dentro, la vuelve a cerrar. Se rumora en el barrio que estos chicos se dedican a jugar videojuegos de esos muy cabrones en los que tienes que tener un montón de vidas acumuladas para subir de nivel y poder algún día llegar al final. También dicen que los gringos, como son idiotas, llega un momento en que prefieren comprarlas porque les resulta imposible ganarlas. Así que estos chinitos avecindados en el centro de Madrid, trabajan turnos de once horas ganando vidas que sus empleadores venden a todo aquel yanki que lo solicite electrónicamente, en cantidades suficientes para que el tráfico de vidas de videojuegos sea negocio.
Vaya cosa, y una que namás con preocuparse por no perder la propia en pendejadas, ya tiene.
En el bar de enfrente, por ejemplo, todas las tardes de entre semana está lleno de viejos que juegan al dominó entre canas, chatos, cañas, y cada vez menos humo de cigarro. Como es de unos bolivianos, los fines de semana sólo van compatriotas y se escucha música andina.
En el tercero de nuestro edificio vive sola, encerrada, una viejita que lleva sin salir de casa algo así como 5 años, y unos 2 en cama. Y luego aparentemente -también me cuentan- ni siquiera es que esté tan mala, ni tan mayor. La cosa es que la señora que atiende la miscelánea de enfrente, le lleva a diario comida. Hoy que me la señaló mi amiga, mira, la señora a tu izquierda es la que le sube de comer todos los días a la del tercero, pensé que seguro la pobre del encierro está mejor conservada, aunque también es casi seguro que sonría menos.
En el último hay un viejillo solo que se dedica a beber, namás. Ya he sido informada de que alguna de estas mañanas lo encontraré tirado en el portal, y que la consigna es, si respira, no molestarlo.
A los 'frikis' que pasan por la calle, por interesantes que parezcan, no hay que mirarlos de más. Sólo a uno, al del barrio que ya es conocido, el de la bolsa del Corte Inglés llena de lo que sea (como si son dedos de quién sabe quién), a ese hasta se le puede saludar. O no.
Pero la mejor de las historias es la de los chinos que trabajan ganando vidas en el café internet de enfrente. El letrero del local está en chino -chinísimo- y sólo hasta abajo, en letras chiquitititas -como las de los contratos trácalas-, dice Internet. Y sólo entran chinos, adolescentes en su mayoría. Y la puerta de entrada permanece cerrada. Y cada que sale uno, tras unas once horas de estar allí dentro, la vuelve a cerrar. Se rumora en el barrio que estos chicos se dedican a jugar videojuegos de esos muy cabrones en los que tienes que tener un montón de vidas acumuladas para subir de nivel y poder algún día llegar al final. También dicen que los gringos, como son idiotas, llega un momento en que prefieren comprarlas porque les resulta imposible ganarlas. Así que estos chinitos avecindados en el centro de Madrid, trabajan turnos de once horas ganando vidas que sus empleadores venden a todo aquel yanki que lo solicite electrónicamente, en cantidades suficientes para que el tráfico de vidas de videojuegos sea negocio.
Vaya cosa, y una que namás con preocuparse por no perder la propia en pendejadas, ya tiene.
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