Tao, la gatita de El Sapo Vengador, ha decidido que mis piernas o mi regazo son el mejor sitio para acurrucarse. Lo decidió desde el domingo pasado. ¿Será que algo me sabe? ¿que huele mi desencanto?
Hace un par de años, en una de esas sesiones interminables, El Cineasta, exaltado, repetía —a propósito de la distancia que nos separaba y de el abrazo que le acababa de mandar— "not enough, not enough, it's not enough".
Hoy yo, quizás ilusa, pero definitivamente parada en otra esquina, pienso que tal vez viene a ser buen tiempo de compartir con él (no con otro, con él) más que las esporádicas horas que siempre se nos quedan cortas. Sus miedos lo hacen dudar que nunca vaya a ser buen tiempo. Porque se conoce, porque se teme, porque –como yo— ya se sabe el final de la historia, porque no me quiere arriesgar. Porque el inciso B de nuestro acuerdo es que no va a haber pedo. A mi ego le convendría creerle y darle palmaditas a mi ansiedad... pero hoy sólo puedo pensar que "he's just not that into me". Hoy no debería importar que sus ojos ayer lo delataran con otras versiones, que las sonrisas se le escaparan y una comodidad inusual en él revelara más de una mirada que espejeaba a la mía. Hoy, cobardemente, es todavía buen momento para correr.
El gran problema es que sé que no me lo imaginé, ahí estuvo. Hace menos de 48 horas hubo más que el acostumbrado vuelo de cabezas. Hace 24 todavía tenía la certeza de que hay algo y es fuerte. Hace 18 entendí que sólo es casi tan fuerte como su resistencia y apenas un poco menos que su miedo.
Con la novedad (Oh, My Sustness!) de que la kamikaze soy yo. Que sé que está punk y aún así quiero apostar y correr el riesgo.
But that's just me.
And that's just not enough.
Wednesday, June 03, 2009
Tuesday, June 02, 2009
Thursday, May 14, 2009
La vida sigue igual
De pronto la gente aparece y desaparece mejor que si estuviera orquestada por el mismísimo David Copperfield. Seguramente le pasa a todo mundo. Y seguramente pasa todo el tiempo. Es sólo que por estos días la actividad en el departamento de ilusionismo de mi película se agudizó y me agarró de sorpresa por ejemplo, la reaparición de aquel Cineasta que hace un par de años desapareciera del mundo conocido apenas unos días después de que nos confesamos nuestro mutuo crush. Casi un año después nos topamos en el aeropuerto una tarde que yo escapaba a Madrid y el volaba a LA. Cuando me pidió que nos encontráramos al terminar su visita a la Casa de Cambio y la mía a mi banco asentí con una sonrisa, pero al salir de Banamex me alejé lo más posible de la zona donde había posibilidades de volverlo a encontrar. La semana pasada, mientras revisaba mi facebook en espera de alguna respuesta del Falso Ingeniero (aparecido hace poco más de un año, luego de 13 de ausencia y desaparecido en fechas recientes por causas desconocidas), encontré a cambio al Cineasta de vuelta. Las noches son de nuevo insuficientes para volarnos la cabeza... y las confesiones sólo han sido reiteradas. A mi, con todo y que tengo muy claros los peros, los viajes, las distancias, los horarios, la locura (suya y mía), me da emoción que me invite a sus sueños. Aunque me cueste negarme que tal vez no es buena idea soñarlo demasiado.
__________________
Qué mes raro ha sido éste. La gente a mi alrededor está asustada, recelosa, desconfiada, enojada, incrédula, temerosa, insomne, ansiosa... Yo llevo muchos días cobijada en la casa familiar: llegué huyendo de las obras de Revolución y Patriotismo, luego corrí a Miami y al regreso me instalé aquí para garantizar la tranquilidad de la Rubia Superior a propósito de los contagios de influenza a h1n1. Ayer que ya tenía pensado dirigirme a mi casa después de los vinitos con Campanita y El Pedazo de Animal, no encontré mis llaves. El caso es que no termino de volver a mi casa, ni de irme de acá. Es como si... como si... como si... no sé, como si no fuera buen tiempo.
______________
Hoy hace un año que La Nena se fue. Y como muchos otros días pensé en cuánto la extraño. Recordé el último día que nos vimos. Ale, su sobrina, me contó sus últimas horas, sus últimas conversaciones. Lloré. Lloré su falta y su sonrisa ausente, lloré mis promesas incumplidas, lloré mi desamparo, porque sí: me dí cuenta que me he quedado sin cómplices. Fui con Ale a comprarle flores. Al llegar a esa parte de la calle donde hay muchos árboles, antes del cruce con la avenida, recordé todas las veces que de niña recorrí ese trayecto con La Nena tomándome la mano... Siempre en ese punto yo proponía: ¿nos vamos por el bosque? Y en vez de caminar en recta por la acera, tomábamos el camino diagonal entre tierra, pasto y árboles que no sumaba más de 50 metros. Ése era mi bosque.
_____________
Viví muchos años pensando (y diciendo, desde luego) que no me gustaban las flores. Me callé cuando a mi primer novio —a los 19 años— se le ocurrió regalarme una hermosa rosa roja cada mes. No sólo eso: cuando empezaban a marchitarse, las ponía a secar de cabeza para que conservaran sus pétalos, y durante un par de años las guardé. Entonces decía que sólo me gustaban esas flores, y sólo por su significado.
El Ex Novio Prohibido era un rockero rudo entre cuyos cortejos hubiera sido impensable contar regalarme flores. Y sin embargo, un día de arrebato, sin ningún motivo aparente, se aventó el detallazo de llegar con un ramo de rosas rojas para mi, que me aventé la groseriota de olvidarlo en su cuarto de ensayo. Bu. Nunca más. Desde entonces los ramos de rosas rojas me provocan esta sonrisa nostálgica y resignada fruto de lo imposible y lo irrecuperable.
El Artista con quien me casé, el novio más detallista de todos los novios que pueda haber en el mundo mundial, a lo largo de 4 años me regaló de todo (y quiero decir, todo), excepto flores.
Hoy en el puesto, rodeada de girasoles, acacias, lilys, gerberas, nubes, claveles, rosas, geranios, aves del paraíso, margaritas, violetas, orquídeas y demás exquisiteces, me acordé de mi cuando decía que no me gustaban y pensé que sí, que seguro me estoy haciendo mayor.
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Qué mes raro ha sido éste. La gente a mi alrededor está asustada, recelosa, desconfiada, enojada, incrédula, temerosa, insomne, ansiosa... Yo llevo muchos días cobijada en la casa familiar: llegué huyendo de las obras de Revolución y Patriotismo, luego corrí a Miami y al regreso me instalé aquí para garantizar la tranquilidad de la Rubia Superior a propósito de los contagios de influenza a h1n1. Ayer que ya tenía pensado dirigirme a mi casa después de los vinitos con Campanita y El Pedazo de Animal, no encontré mis llaves. El caso es que no termino de volver a mi casa, ni de irme de acá. Es como si... como si... como si... no sé, como si no fuera buen tiempo.
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Hoy hace un año que La Nena se fue. Y como muchos otros días pensé en cuánto la extraño. Recordé el último día que nos vimos. Ale, su sobrina, me contó sus últimas horas, sus últimas conversaciones. Lloré. Lloré su falta y su sonrisa ausente, lloré mis promesas incumplidas, lloré mi desamparo, porque sí: me dí cuenta que me he quedado sin cómplices. Fui con Ale a comprarle flores. Al llegar a esa parte de la calle donde hay muchos árboles, antes del cruce con la avenida, recordé todas las veces que de niña recorrí ese trayecto con La Nena tomándome la mano... Siempre en ese punto yo proponía: ¿nos vamos por el bosque? Y en vez de caminar en recta por la acera, tomábamos el camino diagonal entre tierra, pasto y árboles que no sumaba más de 50 metros. Ése era mi bosque.
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Viví muchos años pensando (y diciendo, desde luego) que no me gustaban las flores. Me callé cuando a mi primer novio —a los 19 años— se le ocurrió regalarme una hermosa rosa roja cada mes. No sólo eso: cuando empezaban a marchitarse, las ponía a secar de cabeza para que conservaran sus pétalos, y durante un par de años las guardé. Entonces decía que sólo me gustaban esas flores, y sólo por su significado.
El Ex Novio Prohibido era un rockero rudo entre cuyos cortejos hubiera sido impensable contar regalarme flores. Y sin embargo, un día de arrebato, sin ningún motivo aparente, se aventó el detallazo de llegar con un ramo de rosas rojas para mi, que me aventé la groseriota de olvidarlo en su cuarto de ensayo. Bu. Nunca más. Desde entonces los ramos de rosas rojas me provocan esta sonrisa nostálgica y resignada fruto de lo imposible y lo irrecuperable.
El Artista con quien me casé, el novio más detallista de todos los novios que pueda haber en el mundo mundial, a lo largo de 4 años me regaló de todo (y quiero decir, todo), excepto flores.
Hoy en el puesto, rodeada de girasoles, acacias, lilys, gerberas, nubes, claveles, rosas, geranios, aves del paraíso, margaritas, violetas, orquídeas y demás exquisiteces, me acordé de mi cuando decía que no me gustaban y pensé que sí, que seguro me estoy haciendo mayor.
Monday, April 13, 2009
De viajes y mentiras
desde un noveno piso en Coral Gables busco entre mis recuerdos alguno que me dé referencias de la cultura norteamericana... me asomo a la linda terraza: un Kentucky y un McDonald's me hacen dudar... pero no... no lo encuentro... pienso en su industria cinematográfica, aunque lo chistoso aquí es que ir al cine no es una actividad cotidiana como lo es para la clase media de México, hay pocos cines en comparación, las funciones son carísimas y los gringos de Miami —con todas sus nacionalidades— prefieren ver las pelis que su país produce (para el mundo, según se ve) en salas de segunda y fuera de temporada por sólo un dolaruco... quizá por esas, entre otras razones, provoca una sensación paradójica la observación de la cultura gringa de Miami, tan desdibujada y tan plural, tan revuelta y tan racista, tan lejana y tan adoptada a la vez. tan impregnada y tan ajena. tan hecha bolas, tan malograda y a la vez tan efectiva. me parece el mejor ejemplo una frase que repetía a menudo el banquero padre de una gran amiga mía: decía algo así como que lo bueno (entendido como lo que funciona) es enemigo de lo perfecto. desde luego, este es el paraíso de la imperfección, pero de que funciona (en términos 'banqueros') no hay duda.
la visita a mi querida Pepette, ya nomás por el simple hecho de compartir con ella un poco de esta transición, ha resultado de lo más grata. es un gusto verla instalada y valiente a pesar de los pesares. resuelta a darle otra vuelta a su vida sin más armas que su cabecita siempre a mil y esa sonrisa con la que se sabe infalible. esperando —por primera vez desde que la conozco— con paciencia que el tiempo y la distancia hagan lo suyo y que este nuevo mundo que se está inventando, la sorprenda cualquier día de estos con un montón de satisfacciones.
parece mentira todo lo que ha tenido que pasar para que de su lado y del mío nos diéramos cuenta de cuánta falta nos hacía cambiar de sitio, de gente, reinventarnos más parecidas a lo que queríamos ser antes de que la vida se nos tornara en una resolución de circunstancias continua.
últimamente tantas cosas parecen mentira... como que hoy una tormenta se vaya a abrir paso entre los cielos hasta llegar y azotar inclemente estas costas, dicen los meteorólogos.
la visita a mi querida Pepette, ya nomás por el simple hecho de compartir con ella un poco de esta transición, ha resultado de lo más grata. es un gusto verla instalada y valiente a pesar de los pesares. resuelta a darle otra vuelta a su vida sin más armas que su cabecita siempre a mil y esa sonrisa con la que se sabe infalible. esperando —por primera vez desde que la conozco— con paciencia que el tiempo y la distancia hagan lo suyo y que este nuevo mundo que se está inventando, la sorprenda cualquier día de estos con un montón de satisfacciones.
parece mentira todo lo que ha tenido que pasar para que de su lado y del mío nos diéramos cuenta de cuánta falta nos hacía cambiar de sitio, de gente, reinventarnos más parecidas a lo que queríamos ser antes de que la vida se nos tornara en una resolución de circunstancias continua.
últimamente tantas cosas parecen mentira... como que hoy una tormenta se vaya a abrir paso entre los cielos hasta llegar y azotar inclemente estas costas, dicen los meteorólogos.
Monday, April 06, 2009
Casi natural
Es de noche en la Condesa. La de los chairos que encuentran una discreta forma de socializar mientras pasean con sus perros por Ámsterdam o el Parque México. La de modelitos que gastan sus tardes en el Qi moldeando suculentos cuerpos. La poblada de ejecutivos con onda y conciencia “de avanzada” que optan por motocicletas para transportarse. La misma que se ha convertido en el ombligo del Sueño Chilango donde se cristaliza el anhelo de la familia feliz en una tolerante gama que abarca desde los modelos tradicionales como el matrimonio conservador, hasta los súper liberales de abarraganamientos bugas, gays, mixtos, dinks y demás variaciones, pasando por las comunas tipo Friends. Esa en la que las mascotas juegan un papel importante: son parte vital de la dinámica y estilo de vida condechi, perros con personalidad, con educación, con collar y correa, especímenes dignos del selecto grupo de afortunados habitantes de la colonia más codiciada por el adulto-contemporáneo-chilango cool. Salvo cuando no.
Este miércoles, como cualquier otro, la noche condechi discurre como siempre: casi natural.
En el circuito de Ámsterdam a la altura de Laredo, desde el interior de mi coche recién aparcado escucho un rechinido de frenos. Entre éste y un chillido más agudo apenas se oye un golpe. Luego reina el silencio, la circulación se ha detenido unos metros atrás y cuatro peatones parados en la orilla del camellón con sus perros estupefactos, miran al centro de la calle.
A mi lado pasa un Audi rojo que reduce la velocidad y se orilla unos cuantos metros adelante. De él baja titubeante un guaperas veinteañero, de gorra blanca y bronceado casi perfecto (ostenta un ominoso, casi ofensivo, barro en la nariz enrojecida que indudablemente es una de las dos razones que tambalean hoy, ahora, su caminar). Los demás autos se han detenido en la esquina: respetuosos, esperan a una chica que desciende de la acera. Una linda morena bajita de vestir anodino (jeans equis, suéter más normal que feo) y estilo desdibujado, que sólo llama la atención por la gran bolsa de plástico que lleva en la mano. Una bolsa negra de basura que impertinente, pero oportunamente le ha ofrecido uno de los meseros del restaurante de mariscos que recién abrió en esa esquina. Ella se dirige cabizbaja a un bulto peludo de raza indeterminada que yace inmóvil en el pavimento, mientras las luces de la calle y de sus faros se reflejan en el líquido espeso que ya se expande entre la superficie de la calle y el occiso.
El guaperas aspira —también— a ser decente, supongo. Parado a media calle, “grita” como el que ruega no ser escuchado: «¡Hey!». La chica desde luego ni voltea. Con delicadeza mete a su perrito a la bolsa, lo acomoda muy suavemente, como si no quisiera lastimarlo, como si no estuviera muerto.
En ese preciso momento hace su aparición un tercer personaje: un hombre de treinta y pocos a quien el pantalón de vestir no le estorba para recorrer esta ciudad en la motocicleta que ahora le sirve para escabullirse entre los coches parados, adelantarse y detenerse en medio de la escena. Con la pierna derecha en el pavimento sostiene el peso de su vehículo al tiempo que sube la visera de su casco anaranjado, un poco para ver mejor, otro poco para —él sí— hacerse escuchar. Estratégicamente ubicado entre el dueño del Audi y la dueña del muerto, ha decidido mediar en la incomunicación circunstancial: «Tranquilo, güey, no fue tu culpa. No traía correa, tú tenías el siga, era negro…». Razones que al involuntario canicida le parecen suficientes para abortar la misión de apersonarse a ofrecer una disculpa o —ya si uno se pone más generoso— cualquier ayuda. Con sus músculos infladitos de culpa y esteroides da media vuelta, sube a su deportivo rojo-rojísimo, lo arranca y se va apenado, tal vez por causar sin intención tanto alboroto en el natural transcurrir de la feliz colonia, quizá sólo por su repugnante barro.
Ella ya está en la otra acera, con la bolsa llena de su perro-sin-correa muerto y las manos llenas de sangre.
Bajo de mi coche, me le acerco y le pregunto «¿Te puedo ayudar en algo? Dime qué necesitas…». Me mira indignada, niega con la cabeza y se aleja molesta, perturbada.
Quizá, seguramente, yo habría reaccionado igual. Con mi perro sin raza —y sin correa— ya sin vida también…
Quizá no estamos todos locos, quizá sólo me tocó ser testigo de una muerte casi natural.
Este miércoles, como cualquier otro, la noche condechi discurre como siempre: casi natural.
En el circuito de Ámsterdam a la altura de Laredo, desde el interior de mi coche recién aparcado escucho un rechinido de frenos. Entre éste y un chillido más agudo apenas se oye un golpe. Luego reina el silencio, la circulación se ha detenido unos metros atrás y cuatro peatones parados en la orilla del camellón con sus perros estupefactos, miran al centro de la calle.
A mi lado pasa un Audi rojo que reduce la velocidad y se orilla unos cuantos metros adelante. De él baja titubeante un guaperas veinteañero, de gorra blanca y bronceado casi perfecto (ostenta un ominoso, casi ofensivo, barro en la nariz enrojecida que indudablemente es una de las dos razones que tambalean hoy, ahora, su caminar). Los demás autos se han detenido en la esquina: respetuosos, esperan a una chica que desciende de la acera. Una linda morena bajita de vestir anodino (jeans equis, suéter más normal que feo) y estilo desdibujado, que sólo llama la atención por la gran bolsa de plástico que lleva en la mano. Una bolsa negra de basura que impertinente, pero oportunamente le ha ofrecido uno de los meseros del restaurante de mariscos que recién abrió en esa esquina. Ella se dirige cabizbaja a un bulto peludo de raza indeterminada que yace inmóvil en el pavimento, mientras las luces de la calle y de sus faros se reflejan en el líquido espeso que ya se expande entre la superficie de la calle y el occiso.
El guaperas aspira —también— a ser decente, supongo. Parado a media calle, “grita” como el que ruega no ser escuchado: «¡Hey!». La chica desde luego ni voltea. Con delicadeza mete a su perrito a la bolsa, lo acomoda muy suavemente, como si no quisiera lastimarlo, como si no estuviera muerto.
En ese preciso momento hace su aparición un tercer personaje: un hombre de treinta y pocos a quien el pantalón de vestir no le estorba para recorrer esta ciudad en la motocicleta que ahora le sirve para escabullirse entre los coches parados, adelantarse y detenerse en medio de la escena. Con la pierna derecha en el pavimento sostiene el peso de su vehículo al tiempo que sube la visera de su casco anaranjado, un poco para ver mejor, otro poco para —él sí— hacerse escuchar. Estratégicamente ubicado entre el dueño del Audi y la dueña del muerto, ha decidido mediar en la incomunicación circunstancial: «Tranquilo, güey, no fue tu culpa. No traía correa, tú tenías el siga, era negro…». Razones que al involuntario canicida le parecen suficientes para abortar la misión de apersonarse a ofrecer una disculpa o —ya si uno se pone más generoso— cualquier ayuda. Con sus músculos infladitos de culpa y esteroides da media vuelta, sube a su deportivo rojo-rojísimo, lo arranca y se va apenado, tal vez por causar sin intención tanto alboroto en el natural transcurrir de la feliz colonia, quizá sólo por su repugnante barro.
Ella ya está en la otra acera, con la bolsa llena de su perro-sin-correa muerto y las manos llenas de sangre.
Bajo de mi coche, me le acerco y le pregunto «¿Te puedo ayudar en algo? Dime qué necesitas…». Me mira indignada, niega con la cabeza y se aleja molesta, perturbada.
Quizá, seguramente, yo habría reaccionado igual. Con mi perro sin raza —y sin correa— ya sin vida también…
Quizá no estamos todos locos, quizá sólo me tocó ser testigo de una muerte casi natural.
Friday, March 27, 2009
Mariposas de cesárea
hoy tengo un nuevo ex novio. chale.
a mi mamá la pone verde que diga "chale". y "chido" le para los pelos de punta.
pero de verdad pienso que habría estado chido enamorarme. y ella también lo piensa, que no se haga. hoy la vi triste cuando le conté que habíamos terminado. creo que le hacía ilusión volver a pensar en mí emparejada. y a mi también, para qué me hago.
mi amigo Stalker, desde su trinchera (según él realista, según yo pesimista) dice que las mariposas en el estómago están sobrevaluadas. que a estas alturas estorba más de lo que ayuda ir en pos de ellas. que lo que hay que hacer es bajar la vara, detectar las buenas oportunidades, tomarlas y aceptar que that is as good as it gets. aunque no haya maripositas.
yo puedo concederle un punto: quizá estén sobrevaluadas para algunos... entiendo que si sólo han oído o leído de ellas y hasta este momento no las han sentido en propia víscera, el desencanto ante la búsqueda infructuosa los lleve a dudar de su existencia. de verdad lo entiendo.
a mí —que haberlas sentido antes me inhabilita para conformarme con menos— también me desencanta no encontrarlas una vez más, pero es distinto. sé que por ahí andan y podría identificarlas porque conozco bien algunas de sus características: que suelen presentarse por sorpresa, que vienen acompañadas por un involuntario temblor de las extremidades y una sonrisa idiota, que se llevan el hambre y que algún rebote extraño de su aleteo provoca que a algunos se nos vuele la cabeza, que alteran la percepción del correr del tiempo —lo minimizan en presencia de la persona que las provoca, y lo alargan inclemente y burlonamente en su ausencia—, que provocan súbitos ataques de cursilería y dramatismo, que causan tanta y tan inmediata adicción como la cocaína, y que el vacío que dejan al irse duele.
esta vez sólo duele que simplemente no aparecieran cuando ya las esperaba con todo y cena de bienvenida preparada.
alto ahí. quizá éste es el punto (seguro éste es el punto): que suelen llegar por sorpresa, que no hay que esperarlas, mucho menos preparar ningún tipo de manjar que ofrecerles para festejar un arribo premeditado. que no, no se puede programar su nacimiento por cesárea. que no. que deben partirnos naturalmente.
a mi mamá la pone verde que diga "chale". y "chido" le para los pelos de punta.
pero de verdad pienso que habría estado chido enamorarme. y ella también lo piensa, que no se haga. hoy la vi triste cuando le conté que habíamos terminado. creo que le hacía ilusión volver a pensar en mí emparejada. y a mi también, para qué me hago.
mi amigo Stalker, desde su trinchera (según él realista, según yo pesimista) dice que las mariposas en el estómago están sobrevaluadas. que a estas alturas estorba más de lo que ayuda ir en pos de ellas. que lo que hay que hacer es bajar la vara, detectar las buenas oportunidades, tomarlas y aceptar que that is as good as it gets. aunque no haya maripositas.
yo puedo concederle un punto: quizá estén sobrevaluadas para algunos... entiendo que si sólo han oído o leído de ellas y hasta este momento no las han sentido en propia víscera, el desencanto ante la búsqueda infructuosa los lleve a dudar de su existencia. de verdad lo entiendo.
a mí —que haberlas sentido antes me inhabilita para conformarme con menos— también me desencanta no encontrarlas una vez más, pero es distinto. sé que por ahí andan y podría identificarlas porque conozco bien algunas de sus características: que suelen presentarse por sorpresa, que vienen acompañadas por un involuntario temblor de las extremidades y una sonrisa idiota, que se llevan el hambre y que algún rebote extraño de su aleteo provoca que a algunos se nos vuele la cabeza, que alteran la percepción del correr del tiempo —lo minimizan en presencia de la persona que las provoca, y lo alargan inclemente y burlonamente en su ausencia—, que provocan súbitos ataques de cursilería y dramatismo, que causan tanta y tan inmediata adicción como la cocaína, y que el vacío que dejan al irse duele.
esta vez sólo duele que simplemente no aparecieran cuando ya las esperaba con todo y cena de bienvenida preparada.
alto ahí. quizá éste es el punto (seguro éste es el punto): que suelen llegar por sorpresa, que no hay que esperarlas, mucho menos preparar ningún tipo de manjar que ofrecerles para festejar un arribo premeditado. que no, no se puede programar su nacimiento por cesárea. que no. que deben partirnos naturalmente.
Tuesday, March 17, 2009
No alarms and no surprises II
Resulta que al cuarto para la hora la Ex de mi nuevo novio se aventó el puntadón de desinvitarlo porque se enteró de que tiene una nueva novia. Bueno, no se lo dijo así, pero en el nebuloso mundo que yo veo por estos días mi versión es ésta y es la única que cuenta, sorry. (Para esto es mi blog, nomás faltaba.)
_____________
Mi Roomie (que es lo máximo) dice que lo que me pasa es resultado de que acabo de hacer limpieza general. Tiré miles de cosas viejas, reacomodé recuerdos, remodelé mi recámara, moví los muebles, quité cuadros. Además me deshice de una agenda llena de citas para cumplir un montón de sueños ajenos que llevaba a cuestas y me hice de una nueva, medio vacía e incierta. Es de esperarse una racha de estornudos a cuenta del polvo removido, cierta incomodidad al ver las paredes vacías y las marcas que en ellas dejaron los cuadros viejos, y el abuso en el consumo del azote ahora que hay tiempo libre para pensar en razones (siempre demasiadas) que lo justifiquen.
Lo cierto es que hoy me sentí de nuevo cansada. Dudosa. Confundida. Torpe. Frágil. Triste.
Es que no hallo cómo quitar esas marcas que estorban para acomodar mis nuevos cuadros.
Es que me da miedo perderme demasiado en la ensoñación de mi colección de caleidoscopios.
Es que ayer fue mi concierto de la gira In Rainbows de Radiohead. Que sí, nos hizo el favor de regresar tarde. Mínimo trece años después del flechazo con que –cada uno de los que fuimos a verlos ayer y antier— los incorporamos a nuestro más íntimo soundtrack. Y es que a pesar del innegable disfrute, yo, predispuesta tal vez, sí sentí el desafortunado descontexto.
También es que en el setlist de mi concierto faltó No Surprises... tan conmovedora que habría sido con una lacrimosa lluvia de leds azules y amarillos.
¿Es que así cómo no me van a dar ganas de llorar lágrimas de colores?
A heart that's full up like a landfill,
a job that slowly kills you,
bruises that won't heal.
You look so tired-unhappy,
bring down the government,
they don't, they don't speak for us.
I'll take a quiet life,
a handshake of carbon monoxide,
with no alarms and no surprises,
no alarms and no surprises,
no alarms and no surprises,
Silence, silence.
This is my final fit,
my final bellyache,
with no alarms and no surprises,
no alarms and no surprises,
no alarms and no surprises, please.
Such a pretty house
and such a pretty garden.
No alarms and no surprises (get me outta here),
no alarms and no surprises (get me outta here),
no alarms and no surprises, please.
_____________
Mi Roomie (que es lo máximo) dice que lo que me pasa es resultado de que acabo de hacer limpieza general. Tiré miles de cosas viejas, reacomodé recuerdos, remodelé mi recámara, moví los muebles, quité cuadros. Además me deshice de una agenda llena de citas para cumplir un montón de sueños ajenos que llevaba a cuestas y me hice de una nueva, medio vacía e incierta. Es de esperarse una racha de estornudos a cuenta del polvo removido, cierta incomodidad al ver las paredes vacías y las marcas que en ellas dejaron los cuadros viejos, y el abuso en el consumo del azote ahora que hay tiempo libre para pensar en razones (siempre demasiadas) que lo justifiquen.
Lo cierto es que hoy me sentí de nuevo cansada. Dudosa. Confundida. Torpe. Frágil. Triste.
Es que no hallo cómo quitar esas marcas que estorban para acomodar mis nuevos cuadros.
Es que me da miedo perderme demasiado en la ensoñación de mi colección de caleidoscopios.
Es que ayer fue mi concierto de la gira In Rainbows de Radiohead. Que sí, nos hizo el favor de regresar tarde. Mínimo trece años después del flechazo con que –cada uno de los que fuimos a verlos ayer y antier— los incorporamos a nuestro más íntimo soundtrack. Y es que a pesar del innegable disfrute, yo, predispuesta tal vez, sí sentí el desafortunado descontexto.
También es que en el setlist de mi concierto faltó No Surprises... tan conmovedora que habría sido con una lacrimosa lluvia de leds azules y amarillos.
¿Es que así cómo no me van a dar ganas de llorar lágrimas de colores?
A heart that's full up like a landfill,
a job that slowly kills you,
bruises that won't heal.
You look so tired-unhappy,
bring down the government,
they don't, they don't speak for us.
I'll take a quiet life,
a handshake of carbon monoxide,
with no alarms and no surprises,
no alarms and no surprises,
no alarms and no surprises,
Silence, silence.
This is my final fit,
my final bellyache,
with no alarms and no surprises,
no alarms and no surprises,
no alarms and no surprises, please.
Such a pretty house
and such a pretty garden.
No alarms and no surprises (get me outta here),
no alarms and no surprises (get me outta here),
no alarms and no surprises, please.
Sunday, March 08, 2009
No alarms and no surprises
Desde que me divorcié, hace casi seis años, me rehuso a hacer planes a futuro. No me importa si es cercano o lejano. No me gusta... y tampoco me sale. Por eso sólo los hago cuando no queda de otra. Por ejemplo, cuando se trata de conciertos cuyos boletos venden meses antes del show obligándote a decidir con aventuradísima anticipación qué harás en la tarde y noche de un día en el que aún no sabes si tendrás cólico. Como toda moneda, tanta antelación tiene dos caras...
Cara A:
En su segunda cita con El Bloggero Escritor, por ahí de noviembre pasado, mi Roomie recibió de regalo un par de boletos para el concierto de Beirut. Él se la jugó a lo grande, ni sabía si se ganaría una tercera cita, pero se curó en salud: si esto va bien, le dijo, ojalá me quieras invitar a mi... si no, pues para que vayas tú e invites a quien quieras. El concierto fue a finales de febrero. El tiempo entre la segunda cita y la presentación de Beirut acomodó todo para que afortunadamente llegaran de la mano al Lunario, se dieran de besos a la menor provocación y al término del concierto se fueran a dormir a la misma cama donde seguramente hicieron el amor. Aún es difícil saber si serán felices siempre y comerán perdices, pero la primera parte de su historia sí tuvo final feliz.
Cara B:
Mi nuevo novio tiene una buena lista de exes. Con la última sigue en contacto. Resulta ser que la familia de ella lo adoptó y aunque su relación de pareja haya terminado, no lo suelta. Bueno, hay que decir que él tampoco los suelta a ellos. El hermano a estas alturas ya es uno de sus mejores amigos. Yo no tengo problema con ello. Claro, porque no los conozo ni se me ha pedido formar parte de la familia putativa (aún).
Hace unos días, camino a su departamento, hablábamos del inminente concierto de Radiohead cuando le pregunté emocionada: ¿tú vas a ir? En medio de argumentos varios que sostiene sobre el destiempo en que se presenta aquí la legendaria banda, contestó que sí y preguntó ¿tú con quién vas?, a sabiendas de que estaba aventando un boomerang. Con Roomie y otros amigos, ¿y tú? Mmmm, con Ex-Cuñado-Gran-Amigo y con... mmm, Ex, sí.
Uórale, dije, sin poder mantener mis cejas en su sitio. Agregó que originalmente no pensaba ir, pero que luego lo habían invitado y pues, fue antes de que nos conociéramos... Claro, los boletos se vendieron en octubre.
Things that make you go: chale.
Cara A:
En su segunda cita con El Bloggero Escritor, por ahí de noviembre pasado, mi Roomie recibió de regalo un par de boletos para el concierto de Beirut. Él se la jugó a lo grande, ni sabía si se ganaría una tercera cita, pero se curó en salud: si esto va bien, le dijo, ojalá me quieras invitar a mi... si no, pues para que vayas tú e invites a quien quieras. El concierto fue a finales de febrero. El tiempo entre la segunda cita y la presentación de Beirut acomodó todo para que afortunadamente llegaran de la mano al Lunario, se dieran de besos a la menor provocación y al término del concierto se fueran a dormir a la misma cama donde seguramente hicieron el amor. Aún es difícil saber si serán felices siempre y comerán perdices, pero la primera parte de su historia sí tuvo final feliz.
Cara B:
Mi nuevo novio tiene una buena lista de exes. Con la última sigue en contacto. Resulta ser que la familia de ella lo adoptó y aunque su relación de pareja haya terminado, no lo suelta. Bueno, hay que decir que él tampoco los suelta a ellos. El hermano a estas alturas ya es uno de sus mejores amigos. Yo no tengo problema con ello. Claro, porque no los conozo ni se me ha pedido formar parte de la familia putativa (aún).
Hace unos días, camino a su departamento, hablábamos del inminente concierto de Radiohead cuando le pregunté emocionada: ¿tú vas a ir? En medio de argumentos varios que sostiene sobre el destiempo en que se presenta aquí la legendaria banda, contestó que sí y preguntó ¿tú con quién vas?, a sabiendas de que estaba aventando un boomerang. Con Roomie y otros amigos, ¿y tú? Mmmm, con Ex-Cuñado-Gran-Amigo y con... mmm, Ex, sí.
Uórale, dije, sin poder mantener mis cejas en su sitio. Agregó que originalmente no pensaba ir, pero que luego lo habían invitado y pues, fue antes de que nos conociéramos... Claro, los boletos se vendieron en octubre.
Things that make you go: chale.
Tuesday, February 17, 2009
Hasta mañana
a estas horas debería irme ya a dormir, y sin embargo me ganan las ganas de escribirle.
no sé bien qué... no tengo claro qué exactamente es lo que le quiero decir. sólo sé que empiezo a sentir cada día (por no aceptar con resignación que a cada rato) la necesidad de decirle algo, lo que sea. basta un "hasta mañana".
¿será sólo mi anhelo de cotidianidad? ¿o será que ya se arrancó la cotidianidad misma y yo ni cuenta me di? yo sólo sé que los días que lo veo mis caballitos se convierten en corcelazos desbocados que al día siguiente soportan estoicos —y hasta con torcido humor— el aterrizaje a la realidad incierta. me siento un poco en una montaña rusa... quizá es que perdí la costumbre de la altura y ahora resulta que me dan vahídos.
sea como sea lo estoy disfrutando.
un poco por sorpresa y otro poco porque quiero.
un poco porque me besa y otro poco porque lo muerdo.
no sé bien qué... no tengo claro qué exactamente es lo que le quiero decir. sólo sé que empiezo a sentir cada día (por no aceptar con resignación que a cada rato) la necesidad de decirle algo, lo que sea. basta un "hasta mañana".
¿será sólo mi anhelo de cotidianidad? ¿o será que ya se arrancó la cotidianidad misma y yo ni cuenta me di? yo sólo sé que los días que lo veo mis caballitos se convierten en corcelazos desbocados que al día siguiente soportan estoicos —y hasta con torcido humor— el aterrizaje a la realidad incierta. me siento un poco en una montaña rusa... quizá es que perdí la costumbre de la altura y ahora resulta que me dan vahídos.
sea como sea lo estoy disfrutando.
un poco por sorpresa y otro poco porque quiero.
un poco porque me besa y otro poco porque lo muerdo.
Thursday, February 12, 2009
25 absolutely random things...
1. Mi tío me rebautizó Carmen Sol porque no le gustaba mi nombre. Hasta la fecha algunos de mis primos me llaman Sol.
2. Mi segundo nombre, María, me lo puso mi madre porque en la iglesia le dijeron que no me podía bautizar si no me ponía un nombre cristiano. Casi nadie me llama María.
3. Mi nombre de pila es nombre de hombre en Alemania, y viene de alguna diosa (de la fertilidad, dicen) escandinava.
4. Soy miope y astigmática, más miope del ojo derecho que del izquierdo, y más astigmática del izquierdo que del derecho. Nunca me ha molestado usar anteojos, me gusta.
5. El ojo derecho me rechina por las mañanas.
6. El frío me hace padecer dolores reumáticos en las piernas desde que tenía 4 años.
7. Tomé clases de ballet de los 6 a los 17 años.
8. Alguna vez pensé en serio dejarlo todo y volverme vagabunda. Vivir al día, sin preocupaciones de status, carrera, logros, expectativas, reglas, sociedad, nada.
9. No sé hacer café. Será porque no lo tomo, me altera muchísimo.
10. Fumo cigarros mentolados porque de verdad me gusta cómo saben y porque a los que les provoca esterilidad es a los hombres, no a las mujeres. La tercera razón es que la gente casi nunca gorronea de ellos.
11. Soy acuario con ascendente tauro y luna en sagitario en la astrología occidental, y tigre de madera en el horóscopo chino.
12. Me gusta lavar los trastes, pero odio muchísimo lavar la estufa.
13. Me gusta renombrar a las personas para hacerlas personajes únicos de mi historia.
14. Mi primer trabajo fue en la notaría de un amigo de mi papá. Se suponía que era un castigo. Yo me encargaba de arreglar el archivo, que estaba bastante mal antes de mi llegada. Dejó de ser aburrido al tercer día, cuando empecé a leer con atención las actas notariales y a inventar historias a partir de ellas.
15. Tengo dos perras, Gala y Lucca, ambas viven con mis padres.
16. Mi mamá me enseñó a tejer desde muy pequeña y es un pasatiempo terapéutico al que regreso periódicamente.
17. Me gustan las flores, todas.
18. No puedo ver cine oriental. Es un asunto de ojo poco abusado para encontrar las diferencias: los veo a todos iguales. Al paso de 20 minutos la trama se vuelve una pesadilla para mi: no entiendo por qué ése (al que según yo ya habían matado), se enreda con aquella otra ¡¿qué no eran hermanos?! Me angustio a lo largo de la película tratando de entender algo entre subtítulos y parecidos. Invariablemente salgo sin lograrlo y con unas historias de engaños e incestos gravísimas. Fatal, la paso fatal.
19. Creo fervientemente en el poder mágico de los vochos rosas que circulan por el mundo. Cada que veo uno, hago todo un ritual petitorio y pienso muy bien mi deseo, porque sé que sí se cumplen.
20. De mi etapa hippie comeflores conservo el gusto por los cueritos. Creo que ya no se me va a quitar.
21. El vino tinto y el chocolate necesariamente combinados con estrés o con tristeza me dan migraña.
22. Me gusta pintarme las uñas sólo de colores oscuros.
23. Odio tener que saludar a gente famosa o conocida, me da el síndrome de rancho, me incomoda incomodar, que piensen que soy fan o que me traten como si lo fuera.
24. Hago los mejores chilaquiles que hayas probado jamás.
25. Obviamente, prefiero lo salado a lo dulce.
... y sí, creo que ando enamorada...
2. Mi segundo nombre, María, me lo puso mi madre porque en la iglesia le dijeron que no me podía bautizar si no me ponía un nombre cristiano. Casi nadie me llama María.
3. Mi nombre de pila es nombre de hombre en Alemania, y viene de alguna diosa (de la fertilidad, dicen) escandinava.
4. Soy miope y astigmática, más miope del ojo derecho que del izquierdo, y más astigmática del izquierdo que del derecho. Nunca me ha molestado usar anteojos, me gusta.
5. El ojo derecho me rechina por las mañanas.
6. El frío me hace padecer dolores reumáticos en las piernas desde que tenía 4 años.
7. Tomé clases de ballet de los 6 a los 17 años.
8. Alguna vez pensé en serio dejarlo todo y volverme vagabunda. Vivir al día, sin preocupaciones de status, carrera, logros, expectativas, reglas, sociedad, nada.
9. No sé hacer café. Será porque no lo tomo, me altera muchísimo.
10. Fumo cigarros mentolados porque de verdad me gusta cómo saben y porque a los que les provoca esterilidad es a los hombres, no a las mujeres. La tercera razón es que la gente casi nunca gorronea de ellos.
11. Soy acuario con ascendente tauro y luna en sagitario en la astrología occidental, y tigre de madera en el horóscopo chino.
12. Me gusta lavar los trastes, pero odio muchísimo lavar la estufa.
13. Me gusta renombrar a las personas para hacerlas personajes únicos de mi historia.
14. Mi primer trabajo fue en la notaría de un amigo de mi papá. Se suponía que era un castigo. Yo me encargaba de arreglar el archivo, que estaba bastante mal antes de mi llegada. Dejó de ser aburrido al tercer día, cuando empecé a leer con atención las actas notariales y a inventar historias a partir de ellas.
15. Tengo dos perras, Gala y Lucca, ambas viven con mis padres.
16. Mi mamá me enseñó a tejer desde muy pequeña y es un pasatiempo terapéutico al que regreso periódicamente.
17. Me gustan las flores, todas.
18. No puedo ver cine oriental. Es un asunto de ojo poco abusado para encontrar las diferencias: los veo a todos iguales. Al paso de 20 minutos la trama se vuelve una pesadilla para mi: no entiendo por qué ése (al que según yo ya habían matado), se enreda con aquella otra ¡¿qué no eran hermanos?! Me angustio a lo largo de la película tratando de entender algo entre subtítulos y parecidos. Invariablemente salgo sin lograrlo y con unas historias de engaños e incestos gravísimas. Fatal, la paso fatal.
19. Creo fervientemente en el poder mágico de los vochos rosas que circulan por el mundo. Cada que veo uno, hago todo un ritual petitorio y pienso muy bien mi deseo, porque sé que sí se cumplen.
20. De mi etapa hippie comeflores conservo el gusto por los cueritos. Creo que ya no se me va a quitar.
21. El vino tinto y el chocolate necesariamente combinados con estrés o con tristeza me dan migraña.
22. Me gusta pintarme las uñas sólo de colores oscuros.
23. Odio tener que saludar a gente famosa o conocida, me da el síndrome de rancho, me incomoda incomodar, que piensen que soy fan o que me traten como si lo fuera.
24. Hago los mejores chilaquiles que hayas probado jamás.
25. Obviamente, prefiero lo salado a lo dulce.
... y sí, creo que ando enamorada...
Saturday, January 24, 2009
Tengo la piel cansada de la tarde
Hoy es uno de esos días...
Despierto a las 7, desayuno té inglés, pongo The Film Zone para hacer tiempo a que despierte el mundo en sábado y me ataca la nostalgia mientras dan una película que siempre quise ver. Una que por su título me recuerda a El Artista 1 y su changarro de entonces, que por su historia me lleva a los cariños entrañables de La Nena, y cuyo efecto en mi me restriega en las narices lo poco que falta para que cumpla años de nuevo.
Y claro, no es gratuito que estos días me sorprendan conmovida a cada rato por las memorias incluidas en mi ecléctico y humilde soundtrack, o que me identifique con aquello de que soy muy joven para sentirme vieja e irremediablemente mayor para sentirme joven.
A mis casi 34, cuando la mayoría de mis amigas tienen una vida hecha con marido, hijos, obligaciones y un plan bien trazado, para mí, a cambio de la estructura salva, hay una baraja abierta con cartas que prometen viajes, amores, canciones, letras, historias, estudios y hasta una casita a la orilla del mar... cualquiera de ellos me haría feliz y sin embargo a veces siento que agoto inclemente el espacio para almacenar más recuerdos.
Y entonces me pregunto si alguno de los que guardo realmente vale el espacio que ocupa.
___________
Mientras tanto, suena Zap Mama con la memoria del Artista 1 y las más bienintencionadas e ingenuas promesas de amor eterno que se han hecho por acá.
O el "Corazón" de Silvio que entremezcla en sus acordes mis más inexpertos besos con la intención de un prohibido sujeto de tocarla sólo para que yo la cantara.
O "Santeria" que me regresa intermitentemente a dos mares: primero a las tardes de Mazunte leyendo cartas de amor, tierra y libertad, y después a aquel amanecer rabioso, desesperado e impotente en el mar Caribe.
___________
Y cuando leo los mails del Artista 2, con su intensidad desbordada y urgente, me pregunto si estoy lista para jugar con él a enamorarnos y perdernos después. Si en verdad quiero empezar a guardarlo en mi memoria con el soundtrack que tan bien va construyendo para esta historia que está tan lista (ella sí) para empezar como para terminar.
También me pregunto con qué otros recuerdos, además de los de mi tempranísima infancia y los de las tardes olientes a linaza en su estudio —él pintando, yo leyendo—, se me revolverá la memoria cuando en unos años más escuche aquello de "Tengo la piel cansada de la tarde".
Despierto a las 7, desayuno té inglés, pongo The Film Zone para hacer tiempo a que despierte el mundo en sábado y me ataca la nostalgia mientras dan una película que siempre quise ver. Una que por su título me recuerda a El Artista 1 y su changarro de entonces, que por su historia me lleva a los cariños entrañables de La Nena, y cuyo efecto en mi me restriega en las narices lo poco que falta para que cumpla años de nuevo.
Y claro, no es gratuito que estos días me sorprendan conmovida a cada rato por las memorias incluidas en mi ecléctico y humilde soundtrack, o que me identifique con aquello de que soy muy joven para sentirme vieja e irremediablemente mayor para sentirme joven.
A mis casi 34, cuando la mayoría de mis amigas tienen una vida hecha con marido, hijos, obligaciones y un plan bien trazado, para mí, a cambio de la estructura salva, hay una baraja abierta con cartas que prometen viajes, amores, canciones, letras, historias, estudios y hasta una casita a la orilla del mar... cualquiera de ellos me haría feliz y sin embargo a veces siento que agoto inclemente el espacio para almacenar más recuerdos.
Y entonces me pregunto si alguno de los que guardo realmente vale el espacio que ocupa.
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Mientras tanto, suena Zap Mama con la memoria del Artista 1 y las más bienintencionadas e ingenuas promesas de amor eterno que se han hecho por acá.
O el "Corazón" de Silvio que entremezcla en sus acordes mis más inexpertos besos con la intención de un prohibido sujeto de tocarla sólo para que yo la cantara.
O "Santeria" que me regresa intermitentemente a dos mares: primero a las tardes de Mazunte leyendo cartas de amor, tierra y libertad, y después a aquel amanecer rabioso, desesperado e impotente en el mar Caribe.
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Y cuando leo los mails del Artista 2, con su intensidad desbordada y urgente, me pregunto si estoy lista para jugar con él a enamorarnos y perdernos después. Si en verdad quiero empezar a guardarlo en mi memoria con el soundtrack que tan bien va construyendo para esta historia que está tan lista (ella sí) para empezar como para terminar.
También me pregunto con qué otros recuerdos, además de los de mi tempranísima infancia y los de las tardes olientes a linaza en su estudio —él pintando, yo leyendo—, se me revolverá la memoria cuando en unos años más escuche aquello de "Tengo la piel cansada de la tarde".
Friday, January 09, 2009
La leyenda de El Vocho Rosa
A Uri Waizel, en memoria de los aventones universitarios y del talismán que me heredó.
En la segunda parada que hicimos para cargar gasolina de camino a la Riviera Nayarit, El Pedazo de Animal me gritó: ¡Miraaaaaaa! ¡Un vocho rosaaaaaa!
Lo teníamos justo ahí. Frente a nosotras, estacionado afuera de la tienda, como esperando a que le pidiéramos nuestros deseos. Y para colmo de nuestra suerte, uno de los 4 tripulantes de nuestro vehículo era Abba, una perra hermosa que serviría para coronar el ritual petitorio. En ese momento recordé que debería de tener mucho cuidado al decidir mi deseo —o por lo menos resignarme a las consecuencias—, porque se me va a cumplir. Ya se lo advertí al Pedazo de Animal (que el Vocho Rosa no falla) pero me parece que no me acaba de creer. Total, que sin perder el rosado auto de vista, cruzamos índice y medio de la mano izquierda y formulamos cada una su deseo. Después buscamos el lindo rostro de Abba y lo ratificamos (funciona como cuando te piden que escribas dos veces tu password, es algo muy delicado). Entonces descruzamos los dedos. (Sólo para aumentar mi certeza, mientras escribo esta línea suena Here Comes the Sun. Tómala, María, ahora te aguantas).
Creo que me pasa lo mismo que con la novela, que ya vi el final (¡por fin!). Ya hasta lo escribí y todo (hoy me gusta mucho cómo quedó, no sé mañana), pero me falta el 80% de la consecución de los hechos (y su narración, ahí nomás) para llegar al capítulo donde insertaré ese texto.
Y el conflicto, de momento, no es otro más que saber que se va a poner igual de cabrón mi deseo que la novela. Intuyo que durante un buen rato no habrá más que partos de chayotes y uno que otro momento plenísimo, si bien me va. Pero ya qué. Ya me metí en esto y creo que no hay vuelta atrás. En realidad, sólo espero que no haya vuelta atrás.
Y sí, tengo que confesar que, no contenta con mi fortuna, hice una trampa. Qué digo una trampa, un trampononón. Me tomé una foto con El Vocho Rosa (de matices tornasol, que —osh— no se notan en la foto). Bueno, con Abba y El Vocho Rosa… ¡jaaaah! A huevo.
Me fabriqué my one and only “lámpara maravillosa” (o su equivalente en moneda corriente). Pero eso sí, como las estampitas de los santos (o al menos como debiera ser con ellas si de verdad alguien las respetara), sólo sirve para emergencias: San Vocho Nain-guan-guan únicamente atiende —de ahora en adelante— deseos que, de tanto esperar la aparición en vivo de un vocho rosa para ser pedidos, estén a punto de morir.
En la segunda parada que hicimos para cargar gasolina de camino a la Riviera Nayarit, El Pedazo de Animal me gritó: ¡Miraaaaaaa! ¡Un vocho rosaaaaaa!
Lo teníamos justo ahí. Frente a nosotras, estacionado afuera de la tienda, como esperando a que le pidiéramos nuestros deseos. Y para colmo de nuestra suerte, uno de los 4 tripulantes de nuestro vehículo era Abba, una perra hermosa que serviría para coronar el ritual petitorio. En ese momento recordé que debería de tener mucho cuidado al decidir mi deseo —o por lo menos resignarme a las consecuencias—, porque se me va a cumplir. Ya se lo advertí al Pedazo de Animal (que el Vocho Rosa no falla) pero me parece que no me acaba de creer. Total, que sin perder el rosado auto de vista, cruzamos índice y medio de la mano izquierda y formulamos cada una su deseo. Después buscamos el lindo rostro de Abba y lo ratificamos (funciona como cuando te piden que escribas dos veces tu password, es algo muy delicado). Entonces descruzamos los dedos. (Sólo para aumentar mi certeza, mientras escribo esta línea suena Here Comes the Sun. Tómala, María, ahora te aguantas).
Creo que me pasa lo mismo que con la novela, que ya vi el final (¡por fin!). Ya hasta lo escribí y todo (hoy me gusta mucho cómo quedó, no sé mañana), pero me falta el 80% de la consecución de los hechos (y su narración, ahí nomás) para llegar al capítulo donde insertaré ese texto.
Y el conflicto, de momento, no es otro más que saber que se va a poner igual de cabrón mi deseo que la novela. Intuyo que durante un buen rato no habrá más que partos de chayotes y uno que otro momento plenísimo, si bien me va. Pero ya qué. Ya me metí en esto y creo que no hay vuelta atrás. En realidad, sólo espero que no haya vuelta atrás.
Y sí, tengo que confesar que, no contenta con mi fortuna, hice una trampa. Qué digo una trampa, un trampononón. Me tomé una foto con El Vocho Rosa (de matices tornasol, que —osh— no se notan en la foto). Bueno, con Abba y El Vocho Rosa… ¡jaaaah! A huevo.
Me fabriqué my one and only “lámpara maravillosa” (o su equivalente en moneda corriente). Pero eso sí, como las estampitas de los santos (o al menos como debiera ser con ellas si de verdad alguien las respetara), sólo sirve para emergencias: San Vocho Nain-guan-guan únicamente atiende —de ahora en adelante— deseos que, de tanto esperar la aparición en vivo de un vocho rosa para ser pedidos, estén a punto de morir.
Sunday, December 28, 2008
Cinco, cuatro, tres...
ya se está acabando, ya no queda casi nada.
el 2008 se muere al fin y a mi me vienen estos ataques de nostalgia lerda que se me embotan en el ojo izquierdo. y arde. luego él y su compañero de la derecha lagrimean escasamente y la presión del ojo se divide para mandar una parte a mi garganta. y duele. ahí donde se me atoran los muertos y las ausencias. duele.
y namás faltaba que me diera cuenta para que el lagrimeo poquitero se pusiera generoso y el nudo de la garganta se convirtiera en un alien que se mueve, impaciente por soltarse.
el 2008 se muere al fin y a mi me vienen estos ataques de nostalgia lerda que se me embotan en el ojo izquierdo. y arde. luego él y su compañero de la derecha lagrimean escasamente y la presión del ojo se divide para mandar una parte a mi garganta. y duele. ahí donde se me atoran los muertos y las ausencias. duele.
y namás faltaba que me diera cuenta para que el lagrimeo poquitero se pusiera generoso y el nudo de la garganta se convirtiera en un alien que se mueve, impaciente por soltarse.
Tuesday, December 23, 2008
Debo, no niego... Pago, va.
La noche del domingo pasado tuve un malviaje. Pensé que me iba a morir. Hace un par de semanas murió la mamá de un amigo querido en un accidente de carretera y eso ha de haber influido en que no pudiera sacar de mi cabeza la idea de que la siguiente vez que manejara en carretera, para lo que faltaban sólo unas horas, tendría un accidente del que no saldría viva.
Primero me extrañó la insistencia del pensamiento, después me asustó mi tranquilidad y al final me imaginé y concluí que esto era exactamente lo que debía pasarle a la gente que presentía su muerte. Y entonces, por un largo par de horas, no encontré motivos para dudar que todo apuntaba a mi irremediable fin: desde las emociones a flor de piel exaltadas por una noche negra —negrísima— y serena que sirvió de escenario para el quisquilloso repaso de mis historias y sus personajes, hasta los mensajes del fuego en la chimenea de una casa ajena y las reservas de una cama que desconoció a mi sueño.
Hoy, mientras más lo pienso, más me convenzo que esa noche (o a la mañana siguiente, pues) pude haber muerto. Porque me sentía en paz. Envuelta en una paz rarísima que nunca antes había sentido.
Y de pronto, entre decenas de clarísimas señales de que era mi última noche viva porque estaba libre de deudas con el mundo, entendí que esa liberación sólo espera, por el momento, que atienda mi deuda conmigo.
Por eso, amable (y necio y apreciado) lector, decidí no morirme en la carretera. Porque pues... ¿mejor me pago, no? Porque ya qué pena que me encuentro conmigo todas las mañanas —todísimas— y ya con qué cara me digo que no tengo...
Si lo único que no tengo ya son pretextos.
Afortunada —afortunadísima— mente.
Primero me extrañó la insistencia del pensamiento, después me asustó mi tranquilidad y al final me imaginé y concluí que esto era exactamente lo que debía pasarle a la gente que presentía su muerte. Y entonces, por un largo par de horas, no encontré motivos para dudar que todo apuntaba a mi irremediable fin: desde las emociones a flor de piel exaltadas por una noche negra —negrísima— y serena que sirvió de escenario para el quisquilloso repaso de mis historias y sus personajes, hasta los mensajes del fuego en la chimenea de una casa ajena y las reservas de una cama que desconoció a mi sueño.
Hoy, mientras más lo pienso, más me convenzo que esa noche (o a la mañana siguiente, pues) pude haber muerto. Porque me sentía en paz. Envuelta en una paz rarísima que nunca antes había sentido.
Y de pronto, entre decenas de clarísimas señales de que era mi última noche viva porque estaba libre de deudas con el mundo, entendí que esa liberación sólo espera, por el momento, que atienda mi deuda conmigo.
Por eso, amable (y necio y apreciado) lector, decidí no morirme en la carretera. Porque pues... ¿mejor me pago, no? Porque ya qué pena que me encuentro conmigo todas las mañanas —todísimas— y ya con qué cara me digo que no tengo...
Si lo único que no tengo ya son pretextos.
Afortunada —afortunadísima— mente.
Sunday, November 30, 2008
Cápsulas de tiempo
Desde que salió Heroes me ha dado por pensar en esto como una posibilidad "real": si a mí me dieran a escoger un súper poder, elegiría el de viajar en el tiempo. Aunque sí, estoy consciente de que las probabilidades de que pase son —llámenme loca— pocas.
Hace años, cuando nos reencontramos, un ex novio me preguntó si no teníamos una cápsula del tiempo. Como yo no sabía de qué me hablaba, me explicó la idea romántica de la cajita con recuerdos que se entierra en algún sitio significativo, en espera de que algún día, pasado mucho tiempo, regresen los enterradores a buscarla para hacer un viaje en el tiempo provocado por los sentimientos y recuerdos que quedaron allí guardados. No, no la teníamos. Me ardió que me confundiera con quién sabe cuál de sus novias, pero más me ardió no contar con ese ardid para recuperar, aunque fuera de forma "artificial" e inducida, parte de mi pasado de una forma vivencial y emotiva. Porque ah, cómo se apelmaza la memoria. O será que la información que vamos almacenando día con día en el disco duro sepulta cada vez más hondo los recuerdos valiosos de etapas importantes.
Este 2008 reencontré a alguien que cada que veo me regala un recuerdo chingón: desde mis ensayos con un tal Luis en su lanchón verde estacionado afuera de un bar coyoacanense, hasta las clases del CADAC en las que había que representar a un huevo estrellado. Tras estas pistas se me ha venido encima una avalancha de sueños y sonrisas que había ido dejando en el camino y que hoy quiero recuperar. Hoy que sé cuánto pesan las circunstancias y que hay que aprovecharlas cuando se acomodan a favor. O que de pronto vale la pena aventarse el tirito de hacer que se acomoden, sólo para no seguir acumulando abandonos que reprocharse a uno mismo, porque a estas alturas empieza a ser irresponsable perder más tiempo.
Es así que por estos días me tienta a cada rato la idea de hacer cápsulas del tiempo, porque hay cosas que no quiero que se me vuelvan a olvidar. Y entonces fantaseo con dejarlas en varios lugares, no necesariamente simbólicos, no sea que algo me vuelva a distraer y olvide que esos sitios significaban algo. Mejor dejarlas en lugares bien predecibles, como el último cajón de la cómoda de mi recámara de soltera en casa de la Rubia Superior, el "clóset prohibido" de la casa de mi hermana —que fue nuestro hogar de infancia—, o el compartimento que en mis armarios de los últimos cinco años ha ocupado media docena de cajas —unas de zapatos, otras de regalos, alguna más de whisky (¿por qué no?) y una lata de aluminio— con la memorabilia de mis historias entrañables. Historias en las que cartas, borradores, dibujos, poemas, u objetos comunes como encendedores, monitos, globos, dulces, trompos, boletos de cine, de conciertos, y otros por el estilo, significaron algo.
En fin, ahora lo que temo de enterrar mis cápsulas de tiempo por ahí, es que luego cuando las quiera sacar, me tope con la sorpresa de que les han construido casas o avenidas encima. O que se han podrido. O que las encuentre alguien más antes de que yo regrese a buscarlas.
Quizá más bien deba ejercitar mi memoria y darle un voto de confianza. Mi actual proveedor de recuerdos, por ejemplo, no guarda nada. Lo que le queda está sólo en su memoria, bastante selectiva por cierto, y con eso tiene. Y no está tan mal donde hasta le alcanza para compartir conmigo.
Como sea, yo , desconfiadota, no echo en saco roto lo de las cápsulas. Por lo menos en lo que alguien termina de construir la máquina del tiempo o a mi me dan mi súper poder de viajar en él a voluntad.
En tal caso, prometo sólo usar mi poder para ir a desenterrar mis cápsulas antes de que les construyan nada encima o me las gane algún gusano.
Hace años, cuando nos reencontramos, un ex novio me preguntó si no teníamos una cápsula del tiempo. Como yo no sabía de qué me hablaba, me explicó la idea romántica de la cajita con recuerdos que se entierra en algún sitio significativo, en espera de que algún día, pasado mucho tiempo, regresen los enterradores a buscarla para hacer un viaje en el tiempo provocado por los sentimientos y recuerdos que quedaron allí guardados. No, no la teníamos. Me ardió que me confundiera con quién sabe cuál de sus novias, pero más me ardió no contar con ese ardid para recuperar, aunque fuera de forma "artificial" e inducida, parte de mi pasado de una forma vivencial y emotiva. Porque ah, cómo se apelmaza la memoria. O será que la información que vamos almacenando día con día en el disco duro sepulta cada vez más hondo los recuerdos valiosos de etapas importantes.
Este 2008 reencontré a alguien que cada que veo me regala un recuerdo chingón: desde mis ensayos con un tal Luis en su lanchón verde estacionado afuera de un bar coyoacanense, hasta las clases del CADAC en las que había que representar a un huevo estrellado. Tras estas pistas se me ha venido encima una avalancha de sueños y sonrisas que había ido dejando en el camino y que hoy quiero recuperar. Hoy que sé cuánto pesan las circunstancias y que hay que aprovecharlas cuando se acomodan a favor. O que de pronto vale la pena aventarse el tirito de hacer que se acomoden, sólo para no seguir acumulando abandonos que reprocharse a uno mismo, porque a estas alturas empieza a ser irresponsable perder más tiempo.
Es así que por estos días me tienta a cada rato la idea de hacer cápsulas del tiempo, porque hay cosas que no quiero que se me vuelvan a olvidar. Y entonces fantaseo con dejarlas en varios lugares, no necesariamente simbólicos, no sea que algo me vuelva a distraer y olvide que esos sitios significaban algo. Mejor dejarlas en lugares bien predecibles, como el último cajón de la cómoda de mi recámara de soltera en casa de la Rubia Superior, el "clóset prohibido" de la casa de mi hermana —que fue nuestro hogar de infancia—, o el compartimento que en mis armarios de los últimos cinco años ha ocupado media docena de cajas —unas de zapatos, otras de regalos, alguna más de whisky (¿por qué no?) y una lata de aluminio— con la memorabilia de mis historias entrañables. Historias en las que cartas, borradores, dibujos, poemas, u objetos comunes como encendedores, monitos, globos, dulces, trompos, boletos de cine, de conciertos, y otros por el estilo, significaron algo.
En fin, ahora lo que temo de enterrar mis cápsulas de tiempo por ahí, es que luego cuando las quiera sacar, me tope con la sorpresa de que les han construido casas o avenidas encima. O que se han podrido. O que las encuentre alguien más antes de que yo regrese a buscarlas.
Quizá más bien deba ejercitar mi memoria y darle un voto de confianza. Mi actual proveedor de recuerdos, por ejemplo, no guarda nada. Lo que le queda está sólo en su memoria, bastante selectiva por cierto, y con eso tiene. Y no está tan mal donde hasta le alcanza para compartir conmigo.
Como sea, yo , desconfiadota, no echo en saco roto lo de las cápsulas. Por lo menos en lo que alguien termina de construir la máquina del tiempo o a mi me dan mi súper poder de viajar en él a voluntad.
En tal caso, prometo sólo usar mi poder para ir a desenterrar mis cápsulas antes de que les construyan nada encima o me las gane algún gusano.
Friday, October 03, 2008
Confía, no confía, mucho, poquito, nada.
A propósito de sueños, hay dos en la vida que me han impactado muchísimo. Uno fue cuando acababa de entrar a la universidad, lo recuerdo claramente hasta la fecha y no se los voy a contar hoy. Ja.
El segundo fue la semana pasada, en Cuba, la noche que esperaba soñar con mi abuela y mi familia perdida.
En mi sueño estaba casada aún con El Artista. Felizmente, como siempre lo estuvimos hasta el día que decidimos divorciarnos. (El hecho de que ya casi nadie lea este blog me da la tranquilidad de que es poco probable que aparezca entre los comments la pregunta obligada de ¿por qué te divorciaste si estabas felizmente casada?) El caso es que veíamos la tele apaciblemente (parecía dominguito huevero), cuando yo recordé que tenía que ir a matar al gato. Entonces me levanté argumentando cualquier cosa y bajé en busca del animalejo. Primero agarré valor. Luego, que lo agarro de la cola y que agarro y que le empiezo a dar vueltas como pañuelo en concierto de Juanga, hasta que de tanto y tan fuerte movimiento centrífugo se le rompió la cola. Yo me quedé con un cacho de rabo en la mano y él se quedó con una pared pegada a su cuerpo guango. Después cayó al suelo, muerto, con la boca abierta dejando ver sus finos colmillos y escurriendo sangre.
Sí se ensució todo un poco, la verdad. Pero ya tendría que limpiar después, ahora era necesario subir al mullido nidito de descanso, o El Artista sospecharía. Subí. Terminamos de ver Microcosmos en Animal Planet y, en lo que me disponía a levantarme de la cama para estirarme un poco, mi marido ya estaba abajo y gritaba:
— Chaparraaaaaaa...
Chale, no limpié, se me olvidó y ya vio ahora al gato muerto y todo mi desmadrito, pensé medio agobiada.
— Baja, mira lo que pasó. Se murió el gato —dijo sin asomo de enojo.
Yo bajé y dije "¡Órale!" con un mal logrado tono de sorpresa, al tiempo que abría los ojos bien grandes. Todo estaba peor que como lo había dejado: ahora el cadáver yacía sobre un charco de sangre y sus salpicones rojos en las paredes, ya escurridos, se veían más escandalosos. Pero a él parecía no impresionarle, mucho menos darle motivos para pensar que la del gato no había sido una muerte natural.
Yo actué de lo más impasible. Decidí no levantar suspicacias en esta ocasión excepcional en la que El Artista no parecía dudar de mí. Tal vez fue para atesorarla. Tal vez para probar que sí era posible que él confiara en mí aunque —también por excepción— fuera un error.
El segundo fue la semana pasada, en Cuba, la noche que esperaba soñar con mi abuela y mi familia perdida.
En mi sueño estaba casada aún con El Artista. Felizmente, como siempre lo estuvimos hasta el día que decidimos divorciarnos. (El hecho de que ya casi nadie lea este blog me da la tranquilidad de que es poco probable que aparezca entre los comments la pregunta obligada de ¿por qué te divorciaste si estabas felizmente casada?) El caso es que veíamos la tele apaciblemente (parecía dominguito huevero), cuando yo recordé que tenía que ir a matar al gato. Entonces me levanté argumentando cualquier cosa y bajé en busca del animalejo. Primero agarré valor. Luego, que lo agarro de la cola y que agarro y que le empiezo a dar vueltas como pañuelo en concierto de Juanga, hasta que de tanto y tan fuerte movimiento centrífugo se le rompió la cola. Yo me quedé con un cacho de rabo en la mano y él se quedó con una pared pegada a su cuerpo guango. Después cayó al suelo, muerto, con la boca abierta dejando ver sus finos colmillos y escurriendo sangre.
Sí se ensució todo un poco, la verdad. Pero ya tendría que limpiar después, ahora era necesario subir al mullido nidito de descanso, o El Artista sospecharía. Subí. Terminamos de ver Microcosmos en Animal Planet y, en lo que me disponía a levantarme de la cama para estirarme un poco, mi marido ya estaba abajo y gritaba:
— Chaparraaaaaaa...
Chale, no limpié, se me olvidó y ya vio ahora al gato muerto y todo mi desmadrito, pensé medio agobiada.
— Baja, mira lo que pasó. Se murió el gato —dijo sin asomo de enojo.
Yo bajé y dije "¡Órale!" con un mal logrado tono de sorpresa, al tiempo que abría los ojos bien grandes. Todo estaba peor que como lo había dejado: ahora el cadáver yacía sobre un charco de sangre y sus salpicones rojos en las paredes, ya escurridos, se veían más escandalosos. Pero a él parecía no impresionarle, mucho menos darle motivos para pensar que la del gato no había sido una muerte natural.
Yo actué de lo más impasible. Decidí no levantar suspicacias en esta ocasión excepcional en la que El Artista no parecía dudar de mí. Tal vez fue para atesorarla. Tal vez para probar que sí era posible que él confiara en mí aunque —también por excepción— fuera un error.
Monday, September 29, 2008
Sueño de sangre cubana
Waldo nos lleva en su auto a la galería donde está la exposición de Duvier del Dago en Centro Habana. Su carrito ruso tiene 25 años, un Lasa pintado de verde ¿o azul? aguamarina. Se cae en cachitos cual bimbuñuelo y no tiene manijas para subir las ventanillas. Bueno, tiene una, que tomamos a turnos René, Natalia y yo para que no entre la lluvia mientras vamos por el malecón. Dice que hace poco lo compró, no con dinero —por supuesto— sino a cambio de una vajilla de plata que había pertenecido a su familia (una muy importante y respetada en Cuba) por décadas.
Cuando se lo contó a la nieta de Natalia (que es su prima y que ahora reside en México), la pequeñita sin muchas referencias de un país comunista simplemente no lo podía creer: fue a corroborar la información con por lo menos 10 allegados a la casa, antes de preguntarle indignada a Waldo cómo se le había ocurrido cambiar las “joyas de la familia” por semejante mierda.
Natalia toma con sabia gracia esa característica de los chicos de hoy, medio malcriados medio inconscientes. Ellos no saben lo que es un país comunista y no entienden la vida en él, dice. Sonríe resignada y empieza a recordar cómo fue su infancia en Cuba, sus veraneos en las fincas. Dónde, pregunto. En toda la isla, había en Camagüey, en Villa Clara, en Las Tunas, por todos lados, repone. En el 61, en los primeros años de la Revolución, sus padres partieron a México con ella y sus hermanos; se dedicó al periodismo y no se preguntó mucho más. Cae en su memoria la crisis de identidad y raíces que le vino 20 años después, cuando ellos murieron en un accidente y ella decidió recuperar su país, su familia, su pasado. Entonces regresó a la isla y la encarcelaron. 4 horas más tarde, ante la estirpe de su apellido, los oficiales no tuvieron de otra que dejarla libre. A su vuelta a México escribió y publicó un artículo sobre ese viaje. Le costó 6 años de castigo: el gobierno cubano le prohibió la entrada. Se disculpó, prometió no volver a escribir del tema, explicó que estaba reencontrándose y reconociendo. Cerca del 90, el régimen la perdonó y pudo volver de visita. Dejó el periodismo y se avocó a la promoción del arte cubano en el mundo.
Waldo nació después de la Revolución, ha vivido toda su vida bajo el régimen de Fidel Castro. Sin embargo, sí ha salido de Cuba: dos veces fue a México y una a Londres. Mientras hacemos un recorrido por galerías y estudios de artistas cubanos me habla de la obra de ellos: que Santiago Rodríguez es el único que pinta la santería desde una perspectiva filosófica y nunca folclórica, que la obra de Balkia está inspirada en la religión secreta de los Abakuás que no admite mujeres (por indiscretas y por las debilidades que propicia su sexo), que ya es bien difícil conseguir obra suya, que se suicidó hace pocos años, que apenas rebasaba los treinta. Y de ahí se sigue hablando de la soledad y de lo que inspira y marca el arte que se produce en Cuba, me dice: mira, te voy a dibujar la razón del arte que se hace aquí. Toma mi cuaderno, mi pluma y empieza un trazo que termina siendo la isla con su mar. Todo es agua alrededor, recalca. Creo entender: están tan ajenos a todo lo que pasa afuera que lo que hacen aquí no puede sino venir de dentro, de las tripas.
Me habla del miedo que tienen los cubanos al agua, al mar, dice que nunca van... que si te ahogas, que si te escapas. Por eso sólo van a la playa en julio y agosto, nunca se meten más de doscientos metros y no vuelven hasta el siguiente año.
Me cuenta que cuando era niño y su país contaba con el apoyo de la Unión Soviética, soñaba con ser astronauta y viajar a la Luna. No a Europa, ni a Asia, mucho menos a los cercanos e inmundos Estados Unidos. A la Luna. Lo dice y sé que piensa que es una ironía del tamaño de su isla.
Así somos los cubanos, ríe, si nos creímos esa, nos creemos todo. Nos gustan los ideales, las utopías, por eso yo me podría enamorar de ti en dos minutos, sólo porque quiero creer que eres lo mejor. Le digo que me esperaba cierta tristeza entre sus paisanos y que aunque puedo ver el desencanto, la tristeza nomás no aparece. Bueno, es que no nos podemos detener en el llanto, alega mientras por la avenida vemos el segundo camión cargado de refrigeradores que tienen 50 años funcionando a punta de remiendos. El gobierno ha decidido cambiárselos por unos chinos, que gastan menos energía. Así que puede entrar a sus casas y quitárselos.
Entre los enormes Fords de los 50 y 60 que circulan a nuestro alrededor me pregunta, ¿hueles? son motores diferentes, han arreglado estos autos a lo largo de los años, les ponen motores de tractor y usan un combustible distinto… cuesta menos, pero funciona, jah. Por eso es rara la mezcla de olores que despiden los motores en estas calles. Me quedo callada, oliendo, pensando, y él anticipa: mañana verás la obra de Sandra Romero y vas a entender por qué te digo que somos un país de sueños. Recuerda el mismo discurso, repetido una y otra vez a lo largo de su infancia: "el imperialismo se va muriendo, ya se va a acabar —prometía Fidel todos los días—, y un día vamos a progresar". Cuarenta años han pasado y Waldo aún espera ese día.
Mientras escribo desde una habitación inmoralmente lujosa en el hotel Saratoga de La Habana, pienso en mi abuela que era de Camagüey y en la familia que dejamos perdida en esta isla, en la sangre cubana que se me ha revuelto estos días, en la fuerza de espíritu de este pueblo que en medio de agua salada y desconcierto es capaz de encontrar el valor de la vida sencilla que en mi mundo se ha perdido, una vida que, carente y todo, apenas deja pequeñas rendijas para la entrada del desánimo. Y pienso también en mis sueños, desdibujados o redibujados por lo que dice “el mundo” que debo de soñar.
Cuando se lo contó a la nieta de Natalia (que es su prima y que ahora reside en México), la pequeñita sin muchas referencias de un país comunista simplemente no lo podía creer: fue a corroborar la información con por lo menos 10 allegados a la casa, antes de preguntarle indignada a Waldo cómo se le había ocurrido cambiar las “joyas de la familia” por semejante mierda.
Natalia toma con sabia gracia esa característica de los chicos de hoy, medio malcriados medio inconscientes. Ellos no saben lo que es un país comunista y no entienden la vida en él, dice. Sonríe resignada y empieza a recordar cómo fue su infancia en Cuba, sus veraneos en las fincas. Dónde, pregunto. En toda la isla, había en Camagüey, en Villa Clara, en Las Tunas, por todos lados, repone. En el 61, en los primeros años de la Revolución, sus padres partieron a México con ella y sus hermanos; se dedicó al periodismo y no se preguntó mucho más. Cae en su memoria la crisis de identidad y raíces que le vino 20 años después, cuando ellos murieron en un accidente y ella decidió recuperar su país, su familia, su pasado. Entonces regresó a la isla y la encarcelaron. 4 horas más tarde, ante la estirpe de su apellido, los oficiales no tuvieron de otra que dejarla libre. A su vuelta a México escribió y publicó un artículo sobre ese viaje. Le costó 6 años de castigo: el gobierno cubano le prohibió la entrada. Se disculpó, prometió no volver a escribir del tema, explicó que estaba reencontrándose y reconociendo. Cerca del 90, el régimen la perdonó y pudo volver de visita. Dejó el periodismo y se avocó a la promoción del arte cubano en el mundo.
Waldo nació después de la Revolución, ha vivido toda su vida bajo el régimen de Fidel Castro. Sin embargo, sí ha salido de Cuba: dos veces fue a México y una a Londres. Mientras hacemos un recorrido por galerías y estudios de artistas cubanos me habla de la obra de ellos: que Santiago Rodríguez es el único que pinta la santería desde una perspectiva filosófica y nunca folclórica, que la obra de Balkia está inspirada en la religión secreta de los Abakuás que no admite mujeres (por indiscretas y por las debilidades que propicia su sexo), que ya es bien difícil conseguir obra suya, que se suicidó hace pocos años, que apenas rebasaba los treinta. Y de ahí se sigue hablando de la soledad y de lo que inspira y marca el arte que se produce en Cuba, me dice: mira, te voy a dibujar la razón del arte que se hace aquí. Toma mi cuaderno, mi pluma y empieza un trazo que termina siendo la isla con su mar. Todo es agua alrededor, recalca. Creo entender: están tan ajenos a todo lo que pasa afuera que lo que hacen aquí no puede sino venir de dentro, de las tripas.
Me habla del miedo que tienen los cubanos al agua, al mar, dice que nunca van... que si te ahogas, que si te escapas. Por eso sólo van a la playa en julio y agosto, nunca se meten más de doscientos metros y no vuelven hasta el siguiente año.
Me cuenta que cuando era niño y su país contaba con el apoyo de la Unión Soviética, soñaba con ser astronauta y viajar a la Luna. No a Europa, ni a Asia, mucho menos a los cercanos e inmundos Estados Unidos. A la Luna. Lo dice y sé que piensa que es una ironía del tamaño de su isla.
Así somos los cubanos, ríe, si nos creímos esa, nos creemos todo. Nos gustan los ideales, las utopías, por eso yo me podría enamorar de ti en dos minutos, sólo porque quiero creer que eres lo mejor. Le digo que me esperaba cierta tristeza entre sus paisanos y que aunque puedo ver el desencanto, la tristeza nomás no aparece. Bueno, es que no nos podemos detener en el llanto, alega mientras por la avenida vemos el segundo camión cargado de refrigeradores que tienen 50 años funcionando a punta de remiendos. El gobierno ha decidido cambiárselos por unos chinos, que gastan menos energía. Así que puede entrar a sus casas y quitárselos.
Entre los enormes Fords de los 50 y 60 que circulan a nuestro alrededor me pregunta, ¿hueles? son motores diferentes, han arreglado estos autos a lo largo de los años, les ponen motores de tractor y usan un combustible distinto… cuesta menos, pero funciona, jah. Por eso es rara la mezcla de olores que despiden los motores en estas calles. Me quedo callada, oliendo, pensando, y él anticipa: mañana verás la obra de Sandra Romero y vas a entender por qué te digo que somos un país de sueños. Recuerda el mismo discurso, repetido una y otra vez a lo largo de su infancia: "el imperialismo se va muriendo, ya se va a acabar —prometía Fidel todos los días—, y un día vamos a progresar". Cuarenta años han pasado y Waldo aún espera ese día.
Mientras escribo desde una habitación inmoralmente lujosa en el hotel Saratoga de La Habana, pienso en mi abuela que era de Camagüey y en la familia que dejamos perdida en esta isla, en la sangre cubana que se me ha revuelto estos días, en la fuerza de espíritu de este pueblo que en medio de agua salada y desconcierto es capaz de encontrar el valor de la vida sencilla que en mi mundo se ha perdido, una vida que, carente y todo, apenas deja pequeñas rendijas para la entrada del desánimo. Y pienso también en mis sueños, desdibujados o redibujados por lo que dice “el mundo” que debo de soñar.
Sunday, August 17, 2008
¡Rojo!
Sí, ya está decidido. Al final el dilema fue más con el negro que con el gris. Pero yo no soy tan seria, ni tan sobria, ni tan formal, todavía.
Es extraño (o no) pero siempre me doy de frente con aquello de "ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad". Y es que hace sólo unos meses escribía sobre las edades y la posibilidad de que hubiera por ahí un hombre 'mayor' que me diera un par de zapes (con sus correspondientes besos) y me recordara que de lo que se trataba era de pasarla bien. Pues tómela, por habladora. Apareció hace poco tal cual lo describí en aquél post: maduro, con un par de matrimonios frustrados en su historia, suficientes canas e hijos propios (que me dan la tranquilidad de que no presionará para tener más), y las buenas intenciones de lograr que me deje querer. No deja espacio a mis caprichos, ni a mis cavilaciones, no es un niño indeciso. Sabe lo que quiere y lo pide claro. No me da juego para hacerme pato, darle largas o bailar con mis dudas y mis miedos. ¿Suena re bien, no? Lo único malo es que no estoy enamorada y que él, en esta prisa formal que trae, no me está dando tiempo de enamorarme como me gusta (o como me sale bien, al menos): despacito, sin querer queriendo. Y yo quisiera, de verdad que quisiera, pero no sé cómo. Ni siquiera diré en plan azotado que lo he olvidado, más bien admitiré que nunca lo he sabido.
Es extraño (o no) pero siempre me doy de frente con aquello de "ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad". Y es que hace sólo unos meses escribía sobre las edades y la posibilidad de que hubiera por ahí un hombre 'mayor' que me diera un par de zapes (con sus correspondientes besos) y me recordara que de lo que se trataba era de pasarla bien. Pues tómela, por habladora. Apareció hace poco tal cual lo describí en aquél post: maduro, con un par de matrimonios frustrados en su historia, suficientes canas e hijos propios (que me dan la tranquilidad de que no presionará para tener más), y las buenas intenciones de lograr que me deje querer. No deja espacio a mis caprichos, ni a mis cavilaciones, no es un niño indeciso. Sabe lo que quiere y lo pide claro. No me da juego para hacerme pato, darle largas o bailar con mis dudas y mis miedos. ¿Suena re bien, no? Lo único malo es que no estoy enamorada y que él, en esta prisa formal que trae, no me está dando tiempo de enamorarme como me gusta (o como me sale bien, al menos): despacito, sin querer queriendo. Y yo quisiera, de verdad que quisiera, pero no sé cómo. Ni siquiera diré en plan azotado que lo he olvidado, más bien admitiré que nunca lo he sabido.
Thursday, August 14, 2008
En chinga
¿Qué se supone que tendrían que hacer unos condones 'conmemorativos'?
a) Brillar.
b) Vibrar.
c) Aplaudir.
d) Su 'trabajo'.
e) Todas las anteriores.
_____________
Algunas respuestas a dilemas pasados:
Coche.
Japonés.
Rojo.
O gris.
Ok, me falta ese detalle pero voy mejorando, ya hasta me aprobaron el crédito. Yes.
Por otro lado, mi voluntad de dejar de ser una egoísta de siete suelas no tiene —según se ve y se siente— ningún crédito. Osh.
a) Brillar.
b) Vibrar.
c) Aplaudir.
d) Su 'trabajo'.
e) Todas las anteriores.
_____________
Algunas respuestas a dilemas pasados:
Coche.
Japonés.
Rojo.
O gris.
Ok, me falta ese detalle pero voy mejorando, ya hasta me aprobaron el crédito. Yes.
Por otro lado, mi voluntad de dejar de ser una egoísta de siete suelas no tiene —según se ve y se siente— ningún crédito. Osh.
Wednesday, July 30, 2008
¿Será melón o será sandía?
no me puedo quejar: de las veces que he tenido que tomar una decisión crucial, siempre ha sido por lo menos entre bueno y bueno.
la otra vez que recuerdo haberme sentido abrumada por la necesidad de escoger entre melón y sandía, melón era un novio al que adoré y me adoró (despite todo lo demás), y sandía era un futuro marido del que me enamoré lo suficiente como para decidir que sería el único hombre que dormiría en mi cama en lo sucesivo e imaginarme que esa condición podía ser perpetua. luego me sonó a cadena y ya no me encantó, pero ese es otro cuento.
hoy la circunstancia es distinta, pero me abruma igual. y aunque aquí la cosa no inmiscuye novios ni amores, implica un cambio significativo, caminos diferentes, destinos totalmente distantes.
y mi mente se va sin remedio a imaginar mis finales en universos paralelos determinados por mis elecciones.
luego —en paralelo, pero en este mismo universo— hay que elegir coche... ¿camioneta o coche? ¿coche o huevito? ¿chic o práctico? ¿capricho o necesidad? ¿rojo o negro? ¿plata u oxford? ¿estándar o automático? ¿italiano o japonés?
...y para rematar, decidir si me aviento a dedicar mis tardes-noches a un solo hombre, si estoy lista o más me vale asumir que soy una egoísta de siete suelas, una curiosa irredenta que aún no sabe dejarse querer y que no va a estar lista hasta que no haya una versión real del amor libre, libérrimo (aunque también puede que sean todas estas unas magnas chaquetas porque mi cabeza —con sentimientos entremezclados— explota en otro lado).
¿usted por cuál vota?
la otra vez que recuerdo haberme sentido abrumada por la necesidad de escoger entre melón y sandía, melón era un novio al que adoré y me adoró (despite todo lo demás), y sandía era un futuro marido del que me enamoré lo suficiente como para decidir que sería el único hombre que dormiría en mi cama en lo sucesivo e imaginarme que esa condición podía ser perpetua. luego me sonó a cadena y ya no me encantó, pero ese es otro cuento.
hoy la circunstancia es distinta, pero me abruma igual. y aunque aquí la cosa no inmiscuye novios ni amores, implica un cambio significativo, caminos diferentes, destinos totalmente distantes.
y mi mente se va sin remedio a imaginar mis finales en universos paralelos determinados por mis elecciones.
luego —en paralelo, pero en este mismo universo— hay que elegir coche... ¿camioneta o coche? ¿coche o huevito? ¿chic o práctico? ¿capricho o necesidad? ¿rojo o negro? ¿plata u oxford? ¿estándar o automático? ¿italiano o japonés?
...y para rematar, decidir si me aviento a dedicar mis tardes-noches a un solo hombre, si estoy lista o más me vale asumir que soy una egoísta de siete suelas, una curiosa irredenta que aún no sabe dejarse querer y que no va a estar lista hasta que no haya una versión real del amor libre, libérrimo (aunque también puede que sean todas estas unas magnas chaquetas porque mi cabeza —con sentimientos entremezclados— explota en otro lado).
¿usted por cuál vota?
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